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Almería, fenómeno de la naturaleza

sábado 27 de julio de 2019, 10:34h

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En la naturaleza existen ciclos que se producen con toda certeza, pero con la imprecisión del momento en el que pueden acaecer. Es decir, un volcán activo volverá a erupcionar; volverán los destructivos terremotos; en algún lugar caerá un catastrófico asteroide… todo esto y muchas cosas más, también las buenas, suceden pero no se sabe cuándo. Sin embargo, existe un fenómeno de la naturaleza con una reiterada inclinación a que todas las cosas que pueden salir mal salen mal, y ese fenómeno se llama Almería.

Espero que algún lector me pueda ayudar a recordar qué obra pública nueva, reforma, rehabilitación, etc. de las diferentes administraciones ha logrado culminarse en tiempo y forma en la geografía local y provincial. Yo, sinceramente, no encuentro ninguna.

Ya sean infraestructuras de comunicación, sanitarias, culturales… sea lo que sea que se emprenda en Almería, llegará tarde -si llega- y con el daño colateral del coste adicional o la chapuza por terminar como sea. Así, podemos rememorar y emprender un interminable relato de acciones que terminaron en fiasco, otras que aún siguen empantanadas y bastantes chapuzas para justificar las “prioridades irrenunciables” y la verborrea del compromiso electoral que se abandona en el arrabal de las promesas incumplidas.

Podríamos empezar por el PERI de la Chanca, A-92, redia del Almanzora, Materno-Infantil… y una sucesión interminable de obras; unas, jamás emprendidas; otras, varias veces suspendidas y reiniciadas, y otras terminadas de cualquier manera como monumento a la inutilidad y la estulticia. Ahora, uno de los más bellos edificios de la capital, la Estación de Ferrocarril, ha sido víctima del plante como ya ocurriese con la Casa del Mar. Dicen que hay vicios ocultos que han obligado a un replanteo del proyecto. Ya se sabe, no hay mejor atenuante que la apelación al “vicio” insuperable. El problema es cuando todo viene viciado de serie y no se atisban virtudes de compromiso, proyecto y convicción.

Hemos dejado pasar oportunidades con las mentiras y las promesas que, aún en tiempos de bonanza económica, se convirtieron en embelecos reutilizables: varios presupuestos infructuosos de la Junta del PSOE para el Cable Inglés o el soterramiento integral sufragado por el Ministerio. En fin.

No es cuestión de martirizar con la memoria -la auténtica e indeleble- ni glosar una gran cantidad de causas perdidas y oportunidades irreversibles. Cuando algo no soporta un minuto más de abandono aflora la explicación más atrabiliaria o, por lo general, el ofensivo choteo. Así, obras tan emblemáticas como la rehabilitación de la Casa Consistorial se rindió ante la presencia de una centralita telefónica y una caja de caudales; sin duda, hallazgos que detendrían excavaciones en Giza. Pero, dentro del ofensivo y chulesco desparpajo de la izquierda, no hay que olvidar cómo decían que “trabajaban” en las obras de la Casa del Mar, cuando allí no estaba ni el perro.

Vuelvo en apelación a la convicción -eso que llaman voluntad política- para destacar cómo se puede abandonar una obra en un escenario de tanto valor estético y arquitectónico, y la respuesta también puede estar en la sensibilidad. Qué se puede esperar de unos dirigentes políticos que han sido capaces de declarar Bien de Interés Cultural (BIC) esa “cosa” que se denomina Edificio de los Sindicatos y, por el contrario, la Estación de Ferrocarril no lo consigue desde que inició el trámite a mediados de los ochenta. Siquiera la Plaza de Toros tampoco es BIC. Bien es cierto que tampoco hay que perder el sueño por la declaración de BIC que, en manos de la Junta del PSOE, algunas veces ha sido como padecer al unísono la pelagra y la aluminosis.

La declaración BIC conlleva criterio de valores culturales, arquitectónicos y estéticos. Así se entiende que el PSOE e IUCA han venido protegiendo de acuerdo a sus convicciones culturales, estéticas… y vaya usted a saber cuál era la gónada dominante. Lo cierto es que ya no sólo es el insultante retraso y la chulería en las excusas, el problema es que pasa el tiempo, pasan las oportunidades y se pierde o dispersa hasta la utilidad que motivó la iniciativa.

Después de tantos años dándole vueltas a los diferentes usos, siempre queda la insulsa opción de “contendor cultural” o “centro de interpretación”, nuevo cuño léxico de quienes no saben qué hacer después de tanto tiempo perdido manoseando el proyecto y, al final, optar por el chiringuito inútil, costoso y sectario.