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Dos de enero, una fiesta contra Andalucía

domingo 02 de enero de 2022, 13:39h

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Diga lo que diga la reacción nacional-católica —que no es la “parte” del pueblo creyente—, el 2 de enero es una fiesta racista y xenófoba y no es un insulto sólo a Granada. Lo es al espíritu pacífico e integrador de Andalucía en todo su recorrido histórico. Andalucía ha integrado cuantas corrientes políticas y culturales han pisado su suelo, pero las invasiones guerreras ausentes de capacidad para aunar, fusionar, agrupar voluntades, se han ido. Sólo ha pervivido una, responsable de la actual postración económica, cultural y social en que se ha sumido a la Comunidad, postración forzada por la falta de un componente cultural en esa invasión guerrera.

Racismo es festejar el carácter conquistador de la conmemoración, el paso atrás que selló la dependencia de Andalucía comenzada con la conquista del Valle del Guadalquivir y terminó con la ciudad de Granada; es la ruptura con la impronta andaluza de laboriosidad, tolerancia y multiculturalidad que aún domina. Es la expulsión de los hijos de la tierra, representada en la huida, primero, y luego en la emigración forzosa, es impedir el florecimiento de una industria y un comercio propios y hacernos depender de fuera, al combatir y anular por completo el espíritu emprendedor, la iniciativa, demostrada y disfrutada por Andalucía durante todo el siglo XIX y gran parte del XX. Eso es racismo; eso es xenofobia, odio a un colectivo maltratado y discriminado durante ya más de setecientos años. Sin que se vea el final.

Granada es el símbolo. Porque fue el último espacio físico obligado a capitular. Pero con condiciones, porque a la ley del más fuerte de los conquistadores, Andalucía anteponía el deber de disminuir sufrimiento a las clases más débiles, por eso las capitulaciones de una parte, para moderar el sufrimiento, se veían compensadas por la otra en la necesidad de agrandar el territorio a su disposición, para disponer, como durante la ocupación visigoda, mayor espacio de cultivo y de gentes que trabajara para ellos. Granada, su conquista, marcó el final de una época y el principio de la miseria que sería mantenida y agrandada durante los siglos siguientes, y sigue. Ahí empezó el imperio de la intransigencia, el calvario de la desindustrialización programada, la desinformación, el abandono, la pérdida de indentidad, porque el pueblo carente de identidad, el que no se reconoce, es el más fácilmente manipulable. El vaciado industrial, cultural, poblacional por las sucesivas huidas en masa y la emigración forzada por la acción de los gobiernos españoles, es el más claro exponente de las consecuencias de la conquista de Andalucía. Y el comienzo de la dependencia que no podemos sacudirnos, ni podremos mientras se mantengan la opresión social, cultural, económica y policial puestas en marcha para acabar con nuestros principios, con nuestra forma de ser, con nuestros medios de vida. Con nuestra identidad.

La Fiesta del dos de enero renueva cada año nuestra sumisión a un mundo extraño, supone festejar nuestra derrota, agradecer la pérdida de nuestros derechos como personas libres y como personas, como seres humanos. Todas las capitulaciones de todas las ciudades andaluzas fueron angustiosas, dolorosas, injustas. La última es el símbolo, el resumen de todas ellas. Por eso Andalucía, empezando por Granada, no podemos, no debemos festejar pérdidas. Celebremos días de paz, de tolerancia, de conocimiento, de productiva creatividad, de convivencia.

Pero, claro, para celebrarlos hay que tenerlos. Por eso son todavía más negativas las celebraciones de las “tomas”, por eso son una humillación, además del recuerdo de nuestra decadencia y nuestra postración y ruina. El Estado español, responsable de esa decadencia y esa ruina, comenzada en 1212 y refrendada el 2 de enero de 1492 debe saber que la dependencia es impuesta, y debe acabar junto a los “sambenitos” y tópicos preconcebidos. Levantémonos. Debe recordarse que Andalucía es, todavía hoy y por culpa de aquella conquista, la última colonia de Europa.

Rafael Sanmartín

Estudió Filosofía y Marketing y es especialista en Historia. Ha trabajado en prensa, radio y TV. Obtuvo el premio 'Temas' de relato corto por El Puente (1988), así como el '28-F' (2001), por La serie La Andalucía de la Transición, emitida por Canal Sur Televisión. De su producción literaria cabe destacar: El País que Nunca Existió (1977), El Color del Cristal, novela (2001), La Importancia de un Hombre Normal, que narra la biografía de Blas Infante, (2003), Historia de Andalucía Para Jóvenes (2005), Grandes Infamias (2006) y De Aquellos Polvos... La Autonomía y sus orígenes históricos (2011) Para el autor "la Historia es el espejo donde podemos vernos y conocernos, aunque, como está escrita por los vencedores, debe analizarse con espíritu crítico para poder interpretarla".

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