El denominado «método del abrazo cariñoso» ha dejado de ser una exclusiva de las redes delictivas itinerantes para convertirse en la doctrina geopolítica y parlamentaria de referencia. La reciente noticia de que la Guardia Civil en la provincia de Almería ha esclarecido 33 delitos (23 hurtos y 10 robos con violencia) de los 85 denunciados este año 2026, identificando a 31 sospechosos tras crear en abril un Equipo Conjunto de Investigación (ECI), resulta reconfortante para las víctimas vulnerables de municipios como Roquetas de Mar, El Ejido, Garrucha, Vera o Albox. Sin embargo, fuera del ámbito penal de la Comandancia almeriense, el abrazo como herramienta de despojo sigue de máxima actualidad entre los que más mandan.
A diferencia de los delincuentes de poca monta que asaltan a transeúntes para hurtarles una joya, los profesionales de la alta política aplican el achuchón a escala internacional. El rey Mohamed VI acaba de inmortalizar su sintonía geopolítica anunciando qeu bautizará con el nombre de Donald Trump la megacarretera de 1.055 kilómetros entre Tiznit y Dajla —que atraviesa el Sáhara Occidental, ocupado impune e ilegalmente —, una obra presupuestada en unos 880 millones de euros. El magnate estadounidense, entusiasmado en su red Truth Social, agradeció el gesto prometiendo recorrerla muy pronto. Ese abrazo sella el apoyo de Washington a las pretensiones de Rabat sobre la zona, mientras el Presidente del Gobierno del Estado, Pedro Sánchez, empujado desde las sombras por el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, consumó el viraje diplomático iniciado por el pragmático Felipe Gónzález, que entregó la posición exterior del Partido Socialista al reino alauí. Un apretón de manos internacional cuyos platos rotos termina pagando el sector agrícola almeriense, que compite en desigualdad frente a importaciones con controles fitosanitarios y laborales harto laxos.
De la misma forma, la tutela constante que José Luis Rodríguez Zapatero ejerce sobre Pedro Sánchez ata al Partido Socialista a una agenda de alianzas comprometidas de las que resulta imposible zafarse mientras el juez Calama observa ese abrazo de ambos, pendiente de quién le roba la cartera a quién, o si lo que hay entre ellos es puro amor... o cada cual mueve la mano bajo la chaqueta del otro.
El arte del achuchón tramposo tampoco es ajeno a la derecha porque hay que saber mover bien ambas manos para lograr las llaves o reloj del otro. En el tablero parlamentario, el líder de Vox, Santiago Abascal, le mantiene al presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, un afectuoso abrazo del oso que le trastoca la cartera electoral, condiciona la gobernabilidad en Andalucía y reduce el margen de maniobra de la formación popular a nivel estatal.
Resulta irónico que la Guardia Civil necesite un operativo especial para detener a quienes arrebatan cadenas de oro en las calles de Pulpí, Tíjola o Chirivel, mientras los políticoss hacen del abrazo asfixiante su principal estrategia institucional. La diferencia sustancial estriba en que los 31 identificados por las fuerzas de seguridad arriesgan requisitorias y penas de prisión, mientras que los fontaneros de la política cobran del erario público por vaciarle la cartera al contribuyente. Ante semejante despliegue de muestras de cariño, solo cabe una moraleja para la ciudadanía: tanto en la calle como en el parlamento, cuando alguien se acerca sonriendo con los brazos abiertos, lo más prudente es echarse la mano al bolsillo.