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Exámenes

sábado 08 de junio de 2019, 18:22h

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Se genera enfado y revuelo -hasta trascender a los medios- a causa de un examen de selectividad de matemáticas en el País Valenciano que -según se dice- es muy difícil e incluye un problema que, aunque curricular, no es "habitual".

A renglón seguido, se difunde el caso de un examen de selectividad de Lengua Castellana en Canarias que -se dice- es significativamente más fácil que los que se proponen en otros distritos.

La caverna españolista aprovecha el caso para proponer a tambor batiente exámenes únicos e iguales en selectividad en todo el Estado español (cómo si ya no fuera suficiente la homogeneidad de contenidos y criterios o la asignatura obligatoria de Historia de España, desde el paleolítico al siglo XXI)

Ya tenemos el escándalo montado.

Pero hay un escándalo mucho más hondo y estructural que está al fondo.

¿No suena contradictorio este desenfado a la hora de discutir de exámenes más o menos justos precisamente en selectividad cuando la doctrina oficial-oficiosa en secundaria (ESO y Bachillerato) va desde hace años y años a favor de minusvalorar las pruebas escritas como instrumento de evaluación, diluyéndolas como una más entre otros que siempre -casualmente- terminan conduciendo a la elevación generalizada de las calificaciones?

¿Nadie cae en que es incoherente mantener y promover un determinado discurso y practica en las enseñanzas secundarias en relación al examen escrito y luego hacer depender precisamente de un examen escrito y de su nota el destino personal y laboral de los estudiantes a través del acceso o no a una concreta carrera universitaria?. ¿Nadie constata que si se aplicara estrictamente en 2º de Bachillerato en los centros educativos lo que legalmente se prescribe y progresivamente se impone en los cursos previos los resultados en selectividad, sí que serían de escándalo?.

¿Porqué no se recuerda cómo las garantías de protección frente a errores o arbitrariedades a la hora de la corrección y calificación de exámenes son inversamente proporcionales a la importancia de lo que los examinados se juegan en ellos?. (Garantistas extremas en los centros de secundaria; mínimas en selectividad; inexistentes en las oposiciones a secundaria, dónde ni siquiera los opositores pueden ver su examen... y las notas son de hecho inapelables).

El examen escrito tiene problemas evidentes, de sobra conocidos. Pero con lo ocurrido de la LOGSE acá, tiene al menos la ventaja de ser una prueba que queda; que se puede revisar y reevaluar, que por su naturaleza se plantea a todos y todas sin distinciones ni privilegios y que deja por tanto mas limitados los márgenes de subjetividad a la hora de la valoración y calificación. Por supuesto, los exámenes escritos pueden ser "adoctrinadores" e incluso "embrutecedores", pero no menos que otros recursos según quien los plantee y los objetivos que busque. Y por supuesto, también, deben y deberían ser acompañados de otros medios... pero en el mundo real de hoy sus derivaciones negativas palidecen ante cómo se propone desde la oficialidad que se configuren los expedientes académicos del alumnado...

Y luego... para terminar enfrentándose a un examen (y discutiendo con pasión sus contenidos y sus consecuencias).

Esto sí que es escandaloso