Parece que en el Estado español la transparencia no es un derecho ciudadano, sino un grifo que se abre o se cierra según el sople del viento en el complejo de La Moncloa. El presidente Pedro Sánchez ha decidido, en un alarde de mesianismo unilateral, que ya es hora de que los españoles sepamos qué pasó aquel 23 de febrero de 1981. O mejor dicho, que sepamos lo que a él le conviene que sepamos, justo ahora.
Lo primero que salta a la vista —si uno no está cegado por el resplandor de la propaganda oficial— es la metodología. Existe una Ley de Secretos Oficiales que data de 1968 (sí, de plena dictadura) y cuya reforma duerme el sueño de los justos en el Congreso de los Diputados desde hace años. Pero Sánchez, fiel a su estilo de saltarse el trámite parlamentario cuando la urgencia electoral aprieta, ha preferido la vía directa.
Cabe preguntarse: si el presidente tenía la potestad de levantar este velo de forma unilateral, ¿por qué no lo hizo el año pasado? ¿O el anterior? ¿Qué alineación planetaria ha ocurrido en 2026 para que lo que era secreto de Estado ayer, hoy sea material de lectura dominical? La respuesta no hay que buscarla en los archivos históricos, sino en la fontanería estratégica del Consejo de Ministros.
La portavoz del Gobierno, Elma Saiz, nos ha iluminado con una argumentación que roza lo antológico. Según el Ejecutivo, esta desclasificación es un misil contra los "bulos de la extrema derecha" y contra esos jóvenes que, según dicen, caminan por la calle entonando el Cara al Sol. Servidor, que camina bastante por esta provincia de Almería, aún no se ha cruzado con ninguna tuna de falangistas milenial, pero en Madrid deben de verlos hasta en el desayuno. Confesar que el objetivo no es el rigor histórico ni la salud democrática, sino un movimiento táctico y partidista para desgastar al rival, es de una honestidad tan brutal que resulta insultante.
Pero hay un aroma a vendetta que no podemos ignorar. Es de sobra conocido por los investigadores que el plan del general Alfonso Armada pasaba por un "Gobierno de concentración nacional" donde el PSOE no era precisamente un convidado de piedra. En aquellos días, el secretario general de los socialistas era un tal Felipe González.
Resulta curioso que Sánchez decida airear los papeles del 23-F justo cuando Felipe González se ha convertido en el "Pepito Grillo" de la conciencia socialista, criticando con una autoridad moral devastadora las cesiones del actual Gobierno. ¿Habrán encontrado en los sótanos de los servicios de inteligencia algún documento que ligue la figura de González con la trama de Armada? No hay mejor forma de silenciar a un referente que empañar su pasado con el lodo de la sospecha golpista. Desprestigiar al adalid del "viejo PSOE" para que el "sanchismo" parezca, por comparación, una balsa de aceite democrático.
Es fantástico que se levanten secretos, faltaría más. Pero la coherencia es un plato que se sirve frío y, por lo visto, escaso. Resulta sarcástico que el Gobierno presuma de transparencia histórica mientras se niega sistemáticamente a reclamar al Tribunal Supremo que se levante el secreto del sumario de los GAL o del 11M. O que se guarde bajo llave información mucho más reciente por "seguridad nacional".
A mi, créame, me ha llevado a los tiempos de mi infancia en la Transición, cuando los kioskos se llenaban de revistas con señoritas porque había llegado "el destape de teta y tropa" como cantaba Carlos Cano. En definitiva, el detape pasito a pasito. El Estado nos va dando las migajas de una historia que ya debería ser pública por ley, y no por el capricho de un presidente que confunde el archivo nacional con su caja de herramientas electorales. Almerienses, estemos atentos: cuando el mago agita mucho la mano izquierda con papeles de 1981, es que la derecha está preparando el siguiente truco de magia en el presente.