Cuando Karl Marx y Friedrich Engels remataron su célebre manifiesto apelando a la unión de los proletarios, difícilmente podían intuir que, bien entrado el siglo XXI, los únicos que iban a aplicar la solidaridad internacionalista con verdadero celo iban a ser los promotores inmobiliarios de las fronteras ajenas. El nuevo grito de guerra que recorre las cancillerías no entiende de lucha de clases, sino de metros cuadrados: expansionistas del mundo, uníos. La política, que siempre ha tenido la virtud de juntar en la misma cama a compañeros estrambóticos, nos deja hoy un retablo donde la diplomacia internacional parece gestionada por un grupo de agentes inmobiliarios sin escrúpulos.
El detonante más reciente de este club de mapas abiertos se ha vivido bien cerca. Tras los acontecimientos de finales de julio en Ceuta —asunto que sigue atascado en un limbo diplomático sin perspectiva alguna de resolución a medio plazo—, el régimen de Mohamed VI ha vuelto a desempolvar su particular visión del mapa. La tesis del Reino de Marruecos para reclamar la soberanía sobre Ceuta, Melilla e incluso las islas Canarias (no digamos el Sáhara Occidental) roza el lirismo geográfico: si están en el continente africano, por pura ley de gravedad territorial, deben ser suyas.
Pero el expansionismo alahuita no predica en el desierto (o sí, según se mire). Ha encontrado un aliado natural en el gobierno israelí de Benjamin Netanyahu, empeñado en borrar del mapa los límites de Gaza y Cisjordania y a sus habitantes naturales, para consolidar su dominio sobre la totalidad de Palestina, haciendo tabla rasa de las resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas. Al fin y al cabo, para qué perder el tiempo con el derecho internacional o la historia cuando se tiene un rotulador grueso y ganas de rediseñar el vecindario.
A este selecto club no podía faltar la aportación transatlántica. Donald Trump ha elevado el expansionismo a la categoría de adquisición corporativa: desde su empeño por comprar Groenlandia hasta la propuesta de rebautizar el golfo de México como «golfo de América», pasando por la tutela directa sobre Venezuela —convertida de facto en una sucursal con administración delegada— y sus habituales amenazas hacia Cuba. Si en el mapa atlántico hay espacio, Donald Trump le pone un cartel de «en venta» o le cambia el nombre.
En esta comedia de trazo grueso, resultaría injusto olvidar las adhesiones tácitas de Vladímir Putin, empeñado en la reconstrucción por las armas de su imperio a costa de Ucrania —y lo que se tercie en la agenda europea—, o de Xi Jinping, que contempla Taiwán no como una disputa soberana, sino como un mero trámite de unificación pendiente. Entre todos se aplauden, se justifican y se devuelven los favores diplomáticos con una sonrisa cínica, validando la máxima de que la culpa de ser invadido siempre es del vecino por estar donde no debe.
La gran incógnita de esta cumbre permanente de devoradores de mapas no es si lograrán salirse con la suya frente al derecho internacional, sino qué ocurrirá el día en que ya no queden pequeños a los que engullir. Cuando solo queden ellos sobre la mesa, ¿quién será el primero en expandirse hacia la parcela del de al lado?