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La mascarada del Dr. Simón

jueves 21 de mayo de 2020, 10:55h

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Estoy convencido de que en las distancias cortas el doctor Fernando Simón, el máximo responsable sanitario del gobierno en esta crisis, es un tipo formidable con el que debe ser muy agradable compartir una cena o pasar un rato guardando las distancias en una terraza tomando algo. No tengo nada en contra de quien ha asumido el complicado papel de dar la cara por el peor gobierno posible en las peores circunstancias imaginables y además, me parece encomiable que alguien decida ligar para siempre su destino y su prestigio con esta panda de indocumentados que nos dirige. La lealtad, incluso la política, es un valor escaso que merece ser destacado. Ahora bien, el Dr. Simón no puede seguir un minuto más ocupando esa responsabilidad. Por decoro personal y profesional, debería dejar esa tarea inmediatamente.
Yo creía que no había elemento más inhabilitador para un responsable sanitario que un diagnóstico equivocado, que fue lo que nos ofreció el Dr. Simón cuando aseguró que en España apenas habría casos de coronavirus y que, de haberlos, estarían todos muy controlados. Pero no. Cerca de 28.000 muertos oficiales después y con un número probable de víctimas que en realidad superaría los 40.000 españoles muertos por coronavirus (añadan al diagnóstico fallido la deliberada ocultación de datos sobre muertes y su negativa a identificar al comité de presuntos expertos que controla nuestras vidas) hemos podido conocer que, además de todo eso, al curriculum de Fernando Simón en esta pandemia hay que agregar el dudoso mérito de haber puesto en peligro la vida de millones de españoles, a los que engañó consciente y deliberadamente al asegurar que no era necesario usar mascarillas.
En una rueda de prensa que debería pasar a los anales del bochorno democrático, el máximo responsable sanitario del gobierno del Dr. Fraude admitió que en un principio desaconsejó el uso de las mascarillas -que desde hoy son obligatorias- porque apenas había disponibles. Perdónenme, pero esto es extraordinariamente grave. Es decir, que aun siendo plenamente consciente de los riesgos sanitarios que supone no llevar mascarilla, mintió a todo el mundo diciendo que no eran necesarias porque el gobierno (que con la inutilidad que le caracteriza ignoró durante más de un mes todos los avisos de lo que se nos venía encima) no había conseguido un número suficiente de ellas. Vamos a ver: un héroe de la salud pública y un apóstol sanitario para los más desfavorecidos, tal como nos lo presentan ahora en todas esas biografías de emergencia que se publican estos días en las redes, no se presta a un juego tan miserable. Engañar a la población sobre un riesgo cierto para proteger así al gobierno de turno es, sencillamente, infame. No soy jurista, pero someto a la consideración de los especialistas la prevaricación sanitaria como figura penal por un deliberado e irresponsable acto contra la salud pública. Pero aquí no pasa nada. Eso sí; nos escandalizamos cuando el descerebrado de Donald Trump propone beber lejía. Poco nos pasa.

Jose Fernández

Periodista.Asesor de Prensa
en el Ayuntamiento de Almería.