Permítanme abusar de Julio Iglesias. Prometo que será sin llevarme la mano la barriga y sin acento caribeño, ni camisas desabrochadas hasta el ombligo. Los más jóvenes probablemente piensen que es solo un señor mayor que protagoniza memes en WhatsApp al arrancar el séptimo mes del año, pero conviene recordar que ha sido el cantante español más internacional de la historia, siempre con el debido permiso de nuestro paisano David Bisbal. Aquel célebre tema nos dejó una sentencia inapelable: la vida sigue igual. Y vaya si sigue.
Durante los últimos días, los informativos generales, e incluso la prensa local, estamos abstraidos con el espeluznante accidente ferroviario de Urda, en la provincia de Toledo. Casi 80 fallecidos nos han hecho expertos de guardia en sistemas de seguridad LZB, en los fallos del centro de control de Adif y en el reparto de responsabilidades políticas inausumidas entre el ministro de Transportes, Óscar Puente, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tras una tragedia que se ha cobrado vidas tan señaladas como la de la exministra Fátima Báñez, pero también jóvenes científicas, atletas, maquinistas en prácticas, periodistas, actores, actrices, padres, madres, hijos, hijas, esposos, esposas, famosos, anónimos... La fiscalización penal, el dolor de las familias y el despliegue mediático nos consumen con toda la razón del mundo. Sin embargo, en cuanto levantamos levemente la vista del raíl desrielado, descubrimos con pasmo que el resto del planeta continúa tropezando exactamente con los mismos escombros.
Sin ir más lejos, al otro lado del Estrecho, en Ceuta, las cosas siguen en el mismo punto muerto de siempre. La tragedia cotidiana de los ceutíes no ha cambiado un solo milímetro respecto a la de hace dos semanas, un mes o varios meses. Sus problemas estructurales tras la invasión marroquí parecen inmunes al paso del tiempo y a las miradas desatentas de las instituciones del Estado.
Aquí mismo, en la provincia de Almería, hemos vivido nuestra propia dosis de histeria preventiva ante las alertas por las convocatorias juveniles de los llamados blocus. El temor a actos vandálicos llevó a comerciantes del centro de la capital y a establecimientos del Parque Comercial COPO, en El Ejido, a proteger sus escaparates con planchas de madera y metal o a retirar el género de más valor. Afortunadamente, la alarma no pasó a mayores en Andalucía, desatornillamos los tablones y la rutina comercial recobró su pulso habitual sin despeinarse.
Si hacemos el esfuerzo de mirar más allá de las fronteras del Estado, la crueldad tampoco se toma descansos. En Gaza, la población civil sigue sufriendo la masacre implacable del Gobierno de Benjamin Netanyahu, ante la mirada anestesiada de la comunidad internacional. En Ucrania, la maquinaria bélica de Rusia, bajo el mando de Vladimir Putin, continúa bombardeando a la población agredida sin que nada pare el castigo en el frente.
Mientras tanto, Estados Unidos mantiene intacta su inercia geopolítica. El contencioso con Irán y la sombra del bloqueo en el Estrecho de Ormuz permanecen enquistados en la agenda internacional. Y en Venezuela, el panorama institucional parece tan asimilado a los intereses de Estados Unidos que la presidencia encargada de Delcy Rodríguez pasa casi inadvertida, envuelta en la indiferencia generalizada de una población desgastada por años de crisis y ni la vuelta de María Corina parece haber cambiado nada.
Ni siquiera hace falta viajar muy lejos para comprobar este inmovilismo. En pleno corazón de Madrid, en la Puerta del Sol, la acampada que comenzó como una protesta social por el acceso a la vivienda ha terminado reducida a un pequeño núcleo de chabolas urbanas. Las estructuras provisionales siguen ahí, resistiendo en la plaza, mientras la emergencia habitacional continúa sin respuesta real y se prepara una huelga general para la que no hay ambiente porque hasta los sindicatos convocantes se han visto forzados a hacerla sin ganas.
El trágico suceso de Urda copa las portadas y paraliza la atención pública, pero basta alzar la vista para constatar que las crisis de fondo, las guerras y los problemas de la calle continúan congelados en su propio bucle. Julio Iglesias tenía razón en la letra, aunque hoy el estribillo se cante con un regusto bastante más amargo.