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Nada puede malir sal

Nada puede malir sal
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Por Rafael M. Martos
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jueves 22 de enero de 2026, 06:00h
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Hace algún tiempo me compré una camiseta de esas que llevan una frase ingeniosa del tipo «En bar de la marcha» junto a un dibujo de Don Quijote, haciendo paronomasia con «En un lugar de La Mancha», pero en la mía pone «Nada puede malir sal» ... y no les explico más porque seguro que ya lo han pillado.

«Nada puede malir sal», parafraseando aquel error de imprenta de Los Simpson que hoy es el lema no oficial de nuestras instituciones. El problema cuando el error deja tener gracia porque se traslada a las vías de tren a su paso por Adamuz, en la provincia de Córdoba. Lo que sale mal no es un meme, son 42 fallecidos, decenas de heridos y un número de desaparecidos que encoge el alma de cualquiera que todavía se atreva a subirse a un vagón.

No es momento de jugar a ser peritos judiciales mientras la investigación sobre la tragedia ferroviaria sigue su curso. Sin embargo, hay una causalidad sociológica que no requiere de cajas negras: la degradación del mantenimiento por la vía de la endogamia política. Porque, seamos rigurosos, nada puede malir sal cuando el Estado decide que el perfil idóneo para sentarse en el Consejo de Administración de Renfe Mercancías es el de Koldo García Izaguirre. Un hombre cuyo currículum brillaba por su experiencia como portero de discoteca y aizkolari antes de convertirse en la sombra del entonces ministro de Transportes, José Luis Ábalos. Pero es que ahora, el presidente de Renfe es experto en "movilidad ciclista" e hizo su tesis sobre el uso de la bicicleta... por lo tanto, es un hombre de estudios y sabe de movilidad, aunque sea sobre dos ruedas, que ya es más que Koldo y Ábalos (y Puente) juntos. Le falta el máster en patinetes.

La pregunta que flota sobre el balasto reutilizado no es solo qué hacía allí Koldo, sino cuántos más como él habitan en los sillones de Adif Alta Velocidad. Es una cuestión de aritmética básica y ética escasa: si el dinero que el Estado transfiere a las empresas encargadas del mantenimiento —ese del que el actual ministro Óscar Puente saca pecho en X entre bloqueo y bloqueo, y dando la impresión de que dedica más tiempo a las RRSS que a la gestión— acaba, presuntamente, retornando en forma de mordidas al bolsillo del consejero de turno, las tuercas de las vías se aprietan solas con el pensamiento. ¿Cómo va a estar controlado el mantenimiento si la empresa adjudicataria realizaba pagos al propio Koldo? El círculo es perfecto; lo que es imperfecto es el estado de la red ferroviaria que conecta esta Comunidad Autónoma con el resto del Estado.

Pero la fiesta de la meritocracia invertida no terminaba en los aizkolaris. El ecosistema de Transportes se convirtió en una agencia de colocación de afectos personales. Ahí tenemos a Jessica Rodríguez, cuya presencia en viajes oficiales y en el entorno del Ministerio de Transportes ha sido objeto de auditorías internas por la falta de justificación técnica de sus funciones, pese a tener el currículo revisado a fondo por el propio ministro de la cosa. O el caso de la que fuera Miss Asturias, Beatriz Juesas, ubicada en una empresa pública sin más credencial conocida que la cercanía al poder. Mientras estos nombres ocupaban despachos y dietas, el técnico cualificado, el que sabe cuánto peso soporta un carril o cuándo caduca un sistema de frenado, era colocado en el cuarto de los apestados por ser un pesado con tanto número y tanta ley.

Este vicio de convertir lo público en un pesebre no es patrimonio exclusivo de unas siglas, aunque algunos lo hayan elevado a la categoría de Bellas Artes. España tiene una larga tradición de "compañeros de pupitre". ¿A quién colocó José María Aznar al frente de una Telefónica recién privatizada? A Juan Villalonga, su amigo de la infancia. La estructura es idéntica: el político de turno confunde la gestión de los recursos de todos con la administración de su propia agenda de contactos.

Incluso en Correos, hemos visto cómo se situaba a Juan Manuel Serrano, cuya principal virtud era haber sido el jefe de gabinete de la comisión ejecutiva del partido en el Gobierno. Y también la "fontanera" Leyre Díez, titulada en Ciencias de la Información, y máxima responsable de un área clave en esa empresas, cuyo mérito era ser socialista. Cierto, ni son los únicos, ni estas disfunciones corresponden solo al PSOE, pero sí que son las más actuales, y las de quienes ganaron una moción de censura contra la corrupción.

El absurdo llega a tal punto que, en esta Comunidad Autónoma y en las televisiones y radios municipales de la provincia de Almería, los consejos de administración están abarrotados de políticos cuyos conocimientos sobre periodismo o comunicación tienden a cero. Pero ahí les tienen, determinando parrillas de programación, valorando el rigor de los informativos, o contratando productoras.

Entiendo que un ministro no tiene por qué ser cirujano para llevar Sanidad, ni agricultor para Agricultura; para eso están los técnicos, porque al político se le vota por su visión de cómo deben ser las cosas. El drama real, el que provoca que en Adamuz hoy se llore a 42 personas, empieza cuando también se politiza ese estrato técnico, y lo político se superpone a lo técnico hasta anularlo.

Además, y abstrayéndonos de Adamuz para generalizar metafóricamente, cuando el que vigila el mantenimiento resulta ser el que paga una comisión al consejero de la emprsa, y el que debe auditar la seguridad es la pareja del que firmó el contrato, nada puede malir sal. Es en ese momento cuando la seguridad ferroviaria deja de ser una ciencia para convertirse en un acto de fe. Y en España, por desgracia, la fe no evita que los trenes descarrilen. Nada puede malir sal, decían. El problema es que el salero se ha roto y los cristales los estamos pisando los de siempre.

Rafael M. Martos

Editor de Noticias de Almería y Coordinador de la Delegación en Almeria de 7TV Andalucía

Periodista. Autor de "No les va a gustar", "Palomares en los papeles secretos EEUU", "Bandera de la infamia", "Más allá del cementerio azul", "Covid19: Diario del confinamiento" y "Por Andalucía Libre: La postverdad construida sobre la lucha por la autonomía andaluza". Y también de las novelas "Todo por la patria", "Una bala en el faro" y "El río que mueve Andorra"