Hasta finales del siglo pasado, la única biblioteca pública Villaespesa era el símbolo de una modernidad democrática por conquistar. En una Almería de red precaria pero viva. La ciudad resistía su ecosistema cultural gracias a hitos como el Ateneo o la Librería Cajal, complementados por iniciativas como el Colegio Universitario y una constelación de espacios educativos y asociativos que sostenían la vida intelectual de la ciudad. Eran algo más que equipamientos: eran lugares donde una generación aprendió a leer el mundo.
Luego, con el impulso cultural dado por el recordado alcalde socialista, Santiago Martínez Cabrejas, se empezó a democratizar el saber y abrieron bibliotecas en algunos barrios como La Chanca, el Alquián o Los Ángeles, hoy larvadas en un equilibrio extraño y presupuestos crónicamente insuficientes. Que el ayuntamiento olvide estos espacios de cultura, como en La Chanca y otros barrios, es renunciar a nuestra primera vía de libertad.
En la Plaza Vieja se maneja hoy una capacidad financiera muy superior a la de hace dos décadas. Tal es así que la recaudación por IBI ha pasado de unos 30 millones de euros a cerca de 70, y el presupuesto consolidado es ya de 297,7 millones.
Sin embargo, este crecimiento no ha tenido un reflejo proporcional en la cultura de proximidad. Mientras la ciudad ha crecido un 29,3% en población, la inversión en nuevas bibliotecas es desoladora. No es un problema de recursos, sino de prioridades: escudarse en la digitalización o en la plataforma Indaloteka no compensa la ausencia de espacios físicos porque lo que no crece con la ciudad, retrocede.
Las estadísticas insisten en que leemos más, pero esa mejora no se sostiene sin lugares donde leer, estudiar y encontrarse. Una política cultural que se limita a indicadores y no a espacios termina vaciándose de contenido.
Basta entrar en cualquiera de barrio a media tarde -que el Ayuntamiento anuncia pomposamente en su web como Red Pública de Biblioteca Municipales- para entender que ese vestido, adornado con criterio cultural, no se teje con pantallas, porque ahí se construye algo difícil de medir pero esencial: tiempo lento, atención y saber. Porque no son depósitos sino espacios de verificación social frente a la desinformación digital.
Los barrios de Almería necesitan un plan realista que exija la apertura de al menos dos nuevas bibliotecas en las zonas de mayor expansión demográfica y una actualización sostenida de fondos y personal en las existentes. No es una utopía: es proporcionalidad democrática. Y es que yo no sé si este Ayuntamiento podrá entender alguna vez que invertir en bibliotecas no es un gesto cultural, sino una decisión sobre el tipo de ciudadanía que se quiere formar.