En unos días el presidente Zapatero soltará su lengua ante un tribunal. La elección de su abogado, Víctor Moreno Catena, experto en Derecho Procesal, nos da pistas sobre en qué se basará su legítima defensa.
Es una alegría ver que los tribunales de la inquisición, ese entramado que poco a poco va saliendo en la famosa agenda de Leire, vuelven al cauce de las garantías procesales, del que muchos nunca nos hemos salido. Han procesado socialmente a difuntos y han visto cómo personas eran tumultuariamente linchadas delante de nuestros ojos, para aviso de caminantes. No diré nombres; son muchos y todos conocemos más de uno y de dos casos.
Hace unos años repetía a quien me quisiera escuchar que Zapatero y Suárez habían sido los mejores presidentes de la democracia. Hoy me centraré en Zapatero. Los avances sociales en sus dos mandatos fueron numerosos: Ley del matrimonio igualitario, los humos fuera de los lugares de ocio, la cuarta pata del Estado del bienestar que supuso la Ley de Dependencia... En todas y cada una de ellas nos tuvo detrás a una infinidad de votantes y no votantes. Incluso en algunas otras que hoy observamos con recelo, como fueron la Ley de Memoria Histórica y aquello de la Alianza de Civilizaciones.
De la primera, en la que caímos muchos nostálgicos del antifranquismo, ahora me viene a la memoria la frase con la que comienza el libro 1984, de George Orwell:
"Who controls the past controls the future; who controls the present controls the past."
(«Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado»).
Ahora pienso firmemente que la historia no es cosa de las administraciones, sino de historiadores y amantes de la historia. Los poderes públicos deben limpiar los canales de la información a los investigadores, dejar expeditos los vericuetos burocráticos para que cualquier ciudadano pueda conocer de primera mano la historia y sus circunstancias.
Lo de la Alianza de Civilizaciones, más que una muestra de envilecimiento, es en sí misma una nadería, un trapo de color rojo para que partidarios y detractores embistan a uno y otro lado. Como si el propio título del empeño presidencial fuera más una afrenta que un verdadero llamamiento a la concordia mundial.
En todas y cada una de esas acciones encontró a cientos de miles de ciudadanos encantados con su defensa y admirados por su humanismo. Nada importaba que sus mensajes parecieran de parvulario o que sus buenas intenciones no pasaran de ser eso, buenas intenciones. Nos gustaban y que los críticos lo atacaran con epítetos como Bambi o citaran su «talante» con cinismo, nos ponía.
Si olvidamos cómo en las primeras elecciones consiguió que olvidáramos a los verdaderos perpetradores de la matanza de Atocha, el terrorismo integrista, y centráramos todo nuestro rencor en las mentiras de Aznar, fue en las segundas elecciones donde incluso a los más acérrimos seguidores nos debió de poner en alerta .
Como en la película de Elia Kazan Un rostro en la multitud, cuando un gran comunicador entra en política y acaba metiendo la pata al decir sus verdades con un micrófono abierto, algo así le ocurrió en la entrevista de Iñaki Gabilondo, donde Bambi dijo, sin perder la sonrisa del Joker:
«Yo creo que nos conviene que haya tensión... Voy a empezar a partir de este fin de semana a dramatizar un poco. Nos conviene mucho».
Debimos entonces reconocer que todo era un drama o una comedia, que las propuestas eran solo parte de un argumento y que lo importante no eran los diálogos, sino que el The End llegara lo más tarde posible.
Luego vino la crisis, el 15-M y su expresidencia. Ahí sí que me separé del personaje. Sus idas y venidas a Venezuela primero las observamos con esperanza, creyendo que aportaría algo al fin de la dictadura; luego con incredulidad, al verlo una y otra vez defendiendo con sus declaraciones al régimen chavista; y por último con bochorno y decepción, cuando observamos a víctimas y represaliados denunciar su blanqueamiento.
¿Hacía falta que un expresidente se enfangara? ¿Hasta dónde era necesario? ¿Y en virtud de qué?
Hoy creemos conocer algunas de las respuestas y no nos gustan nada. No pinta bonito.
Sigamos con sus groupies, de las que yo me salí hace ya algún tiempo. Empecemos por su último follower, el exministro Sebastián —otro que se me ha caído del pedestal—. Ayer, en La Sexta Noche, defendió, aunque él recordó que no actuó así, que las joyas son el resultado de regalos orientales y que tradicionalmente se las han ido quedando exministros y expresidentes.
No dio nombres, solo el suyo, y contó que, en un gesto no de alta moral sino más bien de desapego al artículo de lujo, dejó las suyas en una vitrina del ministerio. Por lo demás, le parecía correcto que Zapatero se las hubiera quedado; que se quedara 1.300.000 euros en joyas. Sabemos que el peritaje ha valorado su coste básico sin atender a posibles subidas de mercado por su diseño o por la ley de la oferta y la demanda.
Fue algo insólito: un exministro de Economía, que a mí en su momento me pareció un magnífico ministro, pasando por alto varias circunstancias de gran relevancia.
Primero, esos regalos que determinadas monarquías absolutas daban no eran por ser Sebastián o Zapatero amigos de toda la vida, sino por su cargo ministerial o presidencial y, por lo tanto, en un sistema democrático que se precie, en ningún caso podrían aumentar el patrimonio personal de los interfectos.
Segundo, si han pasado por alto el primer punto, vaya tela, debieran saber que ese aumento patrimonial tiene sus consecuencias fiscales, y no pocas. Y no hay indicios de que esas joyas tan rojas, tan azules y tan verdes hayan contribuido en forma de impuestos a esa cuarta pata del Estado del bienestar del que antes hablaba.
Indagando en el grupo de los devotos me quiero parar en el actual presidente del Ateneo, magnífico lugar donde tuve la suerte de presentar un libro, Poemas al director, con L. E. Aute, Federico Mayor Zaragoza, Juan Carlos Mestre... de la mano de Guillermo Spottorno, y la segunda ocasión con motivo de la asistencia al Festival Memorables con uno de mis cortometrajes; pero esas son otras historias , que diría el bueno de Moustache, dueño del bar, en la deliciosa película de Billy Wilder Irma la dulce.
Este señor, Luis Arroyo, nombrado oficiosamente portavoz de Zapatero, tasó las joyas entre 30.000 y 50.000 euros, supongo que informado por el propio propietario. Hace unos días tuvo que pedir perdón:
«Pido perdón en mi propio nombre por haber inducido a error sobre el valor de las joyas del presidente Zapatero».
Lamentable.
Acabamos este paseo entre los incondicionales de Zapatero con un meme que ha recorrido estos días las redes sociales. En él se situaban la foto del que supuestamente peritó las joyas en 1.300.000 euros y abajo aparecía, de forma maliciosa, su supuesta filiación política.
Todo vale: el que denuncia, fascista; el que tasa contradiciendo a Arroyo y a Zapatero, un peligroso derechista. Un perito que solo hace lo que se le manda judicialmente.
Esa táctica la utilizaron con algún juez y, visto el éxito que tuvo entre algunos, lo han intentado también con el tasador.
¿Quién será el siguiente?