Mientras en Almería se sigue esperando pacientemente —porque de pie uno se cansa tras décadas de promesas incumplidas— a que la alta velocidad conecte por fin este rincón de Andalucía con el resto del Estado, el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible parece tener bastante tiempo libre para ejercer de pedagogo infantil en las redes sociales. Óscar Puente, célebre por su prosa atenta y siempre templada en la plataforma X, decidió ilustrar a la ciudadanía tras los últimos acontecimientos judiciales del llamado "caso Koldo". "¿Lo veis, niños? Si cometéis delitos pero luego os portáis bien y “colaboráis”, el perdón se abrirá paso y con que nos presentéis un informito de nada ni entráis en prisión", arrancaba el ministro, en un tono que pretendía ser irónico pero que terminó desvelando una curiosa escala de valores morales y políticos.
El enfado del ministro venía a cuenta de Víctor de Aldama, considerado el presunto conseguidor de la trama de las mascarillas que asfixia al exministro de Transportes y exsecretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos. Al parecer, a Óscar Puente le produce una profunda indignación que la justicia suavice el horizonte penal de un implicado a cambio de que este tire de la manta y aporte datos clave en los sumarios que se investigan. A cualquiera que haya pasado por un colegio de esta provincia, sus padres y maestros le habrán enseñado una lección básica de convivencia: si haces algo malo, lo confiesas, te arrepientes y colaboras para enmendar el daño; solo así se obtiene el perdón.
En el manual ético que maneja el actual titular de Transportes, sin embargo, la doctrina para los niños de España parece ser diametralmente opuesta. El mensaje implícito de su tuit es nítido: si juegas sucio y te atrapan, lo digno es callar, ocultarse, mentir y, sobre todo, jamás delatar a los compañeros, no vaya a ser que el castillo de naipes se venga abajo. Para el ministro, el arrepentimiento y la confesión ante los jueces no son síntomas de redención, sino una suerte de cobardía que encima recibe el "premio" de la rebaja penal.
La trágica ironía de esta lección de parvulario político es que no rima en absoluto con el cancionero oficial que se canta en el Consejo de Ministros. No hace tanto tiempo, fue el propio ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños, el encargado de anunciar y justificar ante los medios la concesión del indulto parcial a José Luis Peñas, el exconcejal del Partido Popular que denunció y aportó las grabaciones que destaparon la trama Gürtel. En aquel momento, bajo la presidencia de Pedro Sánchez, el discurso gubernamental era radicalmente distinto. Félix Bolaños defendía con vehemencia que era una obligación democrática proteger y respaldar este tipo de comportamientos colaboradores, argumentando que servirían de incentivo para que otros ciudadanos denunciaran la corrupción interna sin temor a quedar completamente calcinados por la quema judicial.
Llegados a este punto de la función, los ciudadanos de Almería, que de aislamiento institucional y de ver pasar trenes de largo sabemos un rato, nos encontramos ante una encrucijada teológica francamente divertida. ¿Cuál es la diferencia exacta entre el comportamiento del delator José Luis Peñas y el del delator Víctor de Aldama? ¿Por qué el primero es un héroe de la regeneración democrática que merece la gracia del Estado y el segundo es un villano tramposo cuya colaboración con la justicia merece la mofa pública de todo un ministro?
La respuesta, me temo, no se encuentra en el Código Penal ni en los manuales de educación de Primero de ESO, sino en el color del carné de los damnificados por la verdad. Si la corrupción salpica a la acera de la oposición, el delator es un santo laico digno de clemencia; si las comisiones ilegales se paseaban por los despachos del mismísimo Ministerio de Transportes que hoy ocupa el tuitero mayor del reino, el confeso se convierte en un apestado que pervierte el guion de la obra.
"Veis, niños", la moraleja de esta semana es que la verdad y la justicia son conceptos relativos que dependen exclusivamente de a quién dejen en evidencia. Mientras tanto, en este rincón del sureste andaluz, seguiremos contemplando cómo las infraestructuras ferroviarias no avanzan, pero las lecciones de moralidad selectiva nos inundan cada día a toda velocidad.