Se levanta el telón en el Parlamento de Andalucía para el enésimo drama teatral de la política institucional. Comienza el debate de investidura de Juan Manuel Moreno Bonilla, quien acude a la cita con los deberes a medio hacer tras las elecciones autonómicas del pasado 17 de mayo. Los datos, tozudos como ellos solos, nos dicen que el Partido Popular obtuvo 53 escaños; una cifra magnífica para el ombliguismo, pero insuficiente, ya que se quedó a las puertas de la mayoría absoluta fijada en 55 actas. Desde la provincia de Almería, acostumbrada por pura geografía e historia a contemplar el centralismo de San Telmo con una ceja levantada y una buena dosis de escepticismo, el espectáculo se antoja tan predecible como el viento de levante.
La primera votación, programada para el martes, está abocada al fracaso. Vox, capitaneado (es un decir, porque todos son grumetes) en la Comunidad Autónoma por Manuel Gavira, ya ha advertido que sus votos no se regalan en un ejercicio de caridad cristiana, por lo que el bloque del 'no' ganará la partida. El guion se fotocopiará exactamente igual 48 horas después, el jueves 2 de julio, en una segunda vuelta donde tampoco saldrán las cuentas. Será a partir de entonces cuando se abra ese limbo de dos meses que otorga el Estatuto de Autonomía, donde bastaría una mayoría simple para desencallar la situación. Es justo en ese escenario donde la comedia del arte de la izquierda destapa sus vergüenzas y deja al desnudo sus verdaderas prioridades.
Resulta enteramente fascinante escuchar los lamentos de la bancada progresista. La candidata del PSOE-A, María Jesús Montero, de la mano de Antonio Maíllo por Por Andalucía y de José Ignacio García en representación de Adelante Andalucía, llevan semanas rasgándose las vestiduras ante la "terrible amenaza" de que la extrema derecha condicione el futuro de los andaluces. Pintan un paisaje apocalíptico, un retroceso de décadas y un desmantelamiento de lo público que, si fuera tan real y temible como aseguran en sus mítines, debería activar de inmediato todas sus alarmas de emergencia democrática.
Cualquier observador con un mínimo de lógica pensaría que, si el peligro es tan mayúsculo para las ocho provincias andaluzas, estas formaciones estarían dispuestas a hacer sacrificios reales. Lo maduro, lo riguroso y lo verdaderamente coherente en clave autonómica sería sentarse a negociar con Juan Manuel Moreno Bonilla, pactar un puñado de líneas rojas infranqueables en materia de sanidad, educación o dependencia, y ofrecer una abstención técnica que dejase a los de Manuel Gavira compuestos y sin novio en la oposición. De ese modo, blindarían la estabilidad de Andalucía y evitarían de un plumazo que la derecha más extrema toque poder o imponga sus postulados durante los próximos cuatro años.
Pero no. No esperen que eso ocurra. Ni María Jesús Montero, ni Antonio Maíllo, ni José Ignacio García tienen la más mínima intención de descolgar el teléfono para hablar con el candidato popular. Ni se sientan, ni quieren escuchar, ni contemplan el diálogo. Con su inmovilismo absoluto, la izquierda está empujando deliberadamente a Juanma Moreno en la única dirección posible: la de entenderse con Vox. Le cierran todas las puertas legítimas para obligarle a cruzar el único umbral disponible.
La pregunta surge sola: ¿por qué prefieren un Gobierno andaluz tutelado o integrado por la extrema derecha antes que facilitar una investidura en solitario del partido más votado? La respuesta destila un cinismo puramente partidista. A la izquierda, en su infinito cortoplacismo, le resulta extraordinariamente rentable el espantajo de una derecha radical gobernando en el sur del Estado. Para sus estrategas, que la Comunidad Autónoma caiga en manos de las políticas de Vox no es una tragedia; es un excelente argumento de marketing de cara al futuro. Prefieren que los ciudadanos sufran lo que ellos mismos denominan "el apocalipsis" antes que perder la oportunidad de lucir el carné de la resistencia progresista en las tertulias de Madrid.
Es como el ordago de Pedro Sánchez a Alberto Núñez Feijóo conminándole entre risitas a presentar una moción de censura si es que tan mal están las cosas. Moreno puede decirles justo lo mismo: "si tan malo es que pacte con Vox, pueden evitarlo ahora".
Los datos evidencian la cruda realidad: el bienestar real de esta tierra les importa bastante poco; lo único que les quita el sueño son sus propias siglas.