El coleccionismo es una afición respetable, siempre que uno recuerde dónde guardó los recibos. En algunos despachos de Madrid, sin embargo, la memoria parece sufrir de una extraña amnesia selectiva que no padecemos en la provincia de Almería, donde hasta el último agricultor sabe perfectamente cuánto le costó el motor del pozo y en qué cajón metió la factura. En la alta política prefieren el misterio de las cajas fuertes. Allí sigue el juez, con la paciencia de quien espera las obras del Corredor Mediterráneo, aguardando a que el expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, le aclare de una vez por todas qué hacían tantas joyas de valor descomunal en su caja fuerte privada dentro de la sede del PSOE.
La versión que se ha dejado caer, con esa sutil elegancia de las filtraciones de conveniencia, es que la pieza podría ser un obsequio de una autoridad extranjera durante sus años de mandato. El argumento tiene una fisura del tamaño de un volcán de Cabo de Gata. Si a usted le regalan una valiosa alhaja mientras ejerce la jefatura del Gobierno de España, no se la están dando a José Luis, el ciudadano; se la están otorgando al representante del Estado. Por pura lógica jurídica, ese brilli-brilli debería formar parte del inventario público y no terminar en el joyero privado de su esposa. Salvo, claro está, que confundamos el patrimonio institucional con el botín personal, una vieja costumbre que en Andalucía conocemos de sobra por capítulos anteriores de nuestra historia judicial.
La diplomacia internacional no funciona como una joyería de lujo de la Quinta Avenida, por mucho que algunos intenten hacernos creer que los mandatarios extranjeros van repartiendo diamantes como quien lanza caramelos en una cabalgata.
Para entender qué regalan de verdad los gobiernos cuando se reúnen, solo hay que mirar la actualidad más reciente del actual presidente, Pedro Sánchez. En su último encuentro en Turquía con motivo de una reunión de la OTAN, el mandatario turco, Recep Tayyip Erdoğan, recibió a los jefes de Estado y de Gobierno. El protocolo no escatimó en contrastes: un ramo de flores para dar la bienvenida y, en un giro bastante más contundente, una pistola. El Ejecutivo ya se ha apresurado a informar de que el arma será debidamente inutilizada y pasará, como dicta la norma, a Patrimonio Nacional.
Flores y pistolas. Guns N' Roses en estado puro, directo desde el Bósforo. Recep Tayyip Erdoğan se ha marcado un clásico del rock duro diplomático sin necesidad de pasar por una sucursal de Tiffany's. Si la realidad internacional nos demuestra que los obsequios oficiales se mueven entre el lirismo de una rosa y la fría realidad de un cañón inutilizado, la versión del entorno de José Luis Rodríguez Zapatero se vuelve todavía más insostenible. Los gobiernos extranjeros no regalan alta bisutería millonaria para fondos privados.
Mientras la justicia intenta descifrar el enigma de la caja fuerte, el resto asistimos a este concierto político donde la transparencia brilla por su ausencia. En este particular escenario, parece que algunos prefieren vivir en su propia versión de Welcome to the Jungle, ignorando que, al final de la canción, las cuentas siempre tienen que cuadrar. Incluso para los que un día habitaron La Moncloa.