Que disculpe Bécquer, que sonreiría porque debía pensar lo mismo, si pudiera ver el panorama actual de la vivienda. Hay ciudades que los precios de alquiler ya superan salarios medios. Es increíble la voracidad de bancos, fondos buitre, grandes tenedores y propietarios en general, cuya codicia y cicatería es fiel reflejo de los grandes. Ceguera, porque en su ambición están limitando de forma muy considerable el número de los posibles arrendadores. En primer lugar, el alquiler de un piso ha sido siempre una ayuda, no una soga al cuello de necesitados de techo o de jóvenes pendientes de emanciparse. Hoy es un segundo sueldo, crecido. “No podemos bajar porque vivimos de esto”. Decía una propietaria cuando un piso en Los Remedios costaba 700 euros. Ahora estará comprando acciones con el superávit.
Ellos mismos y otros son quienes “sentirán” repugnancia, o se forzarán a sentirla cuando empiecen a volver las infra viviendas hechas con tableros y alguna chapa, los materiales que llevaron hace tiempo a llamar “Villalatas” a una barriada. Parece existir interés por crear muchas villalatas, será para luego poder sentir asco y pedir la construcción de un muro para apartar de la vista esa “vergüenza”, sin haber medido la de quienes lo están provocando. Pero querrán cumplir la Constitución, construyendo viviendas dignas. Y la aporofobia no está penada, que es lo peor.
¿Exageración? Pues a ver: ¿Cuántas familias pueden afrontar por una vivienda un pago de 700 ú 800 euros mensuales, si la electricidad cuesta en torno a cien euros más al mes, y la alimentación entre 150 y 200 euros por persona? Pretenderán obligar a elegir entre dormir o comer. Aparte de abusivo, cínico y vergonzoso, no se le ocurre a nadie decirlo por el desprestigio que les acarrearía, pero es la tesitura en que se nos pone.
Hace algunos años el gobierno decidió subvencionar una parte del alquiler; porque el precio máximo no estaba topado y tanto propietarios/as como oficinas inmobiliarias subieron precios para aparentar una pequeña bajada al aplicarles la subvención. Con lo cual los realmente subvencionados fueron los propietarios. Ahora, como el gobierno plantea poner un nivel máximo a los precios, que tampoco es el justo ni desde lejos, pero minora muy levemente los posibles ingresos de fondos buitre, bancos y grandes tenedores en general. Los propietarios de menos de cinco viviendas también se verían afectados, lógico y justo, pues si la ley no fuera para todos por igual ni sería justo ni legítimo, ni se obtendría el menor resultado positivo, al contrario, porque al disminuir la oferta todavía subirían más los precios, pero sobre todo a la actual oposición, el trío Junts, PP y Vox, quienes les preocupan son sus amigos y benefactores, la oposición hace gala de su nombre y se oponen frontalmente. Y si llega el proyecto al congreso, lo rechazan con su voto.
Por dos razones: porque así no ponen en peligro los ingresos de sus beneficiados amigos y al mismo tiempo causan desgaste y desprestigio al gobierno, a ver si fuera posible sustituirlos. En ese caso podrían imponer definitivamente su proyecto. Aunque, para que se vea que no son tan plenamente malos, hasta podrían echar una ayudita, dejando en la calle los trozos de chapa y la madera, que eso de reciclar “está muy antiguo”, para que los necesitados pudieran hacerse la chabola. Otra “solución” sería meter cuatro familias en un piso de tres dormitorios, lo cual ya se está haciendo, con el pomposo y falsario nombre de “vivienda compartida”, una nueva fórmula de casa de vecinos, bastante más estrecha, para “fomentar” la vida en comunidad.
También es “importante” que los “simples” trabajadores vayan a creerse con los mismos derechos de los potentados, que “siempre hubo clases”, no vayamos a trastocar tan “sana” costumbre.
Ya que con tanta frecuencia se recurre a Europa y a sus normas y se les sigue cuando son del mismo color de cada cual, o se sigue a Estados Unidos aunque en este caso sin reconocerlo, porque ya no es el “modelo”, afortunadamente, se podría pensar, esta vez en bien de todos, en Suiza, dónde el alquiler máximo nunca pasa del 12-15% del salario medio y si baja el IPC los propietarios lo ajustan motu proprio, o de Berlín, o de Nueva York, dónde se ha puesto tope al alquiler y al suelo. Y, por cierto, en Nueva York se había impuesto mucho antes del triunfo del actual alcalde, es decir: en todos los casos no es cuestión de supuesta “ideología”, se trata tan sólo de sensatez.