El último movimiento de Pedro Sánchez no es una política migratoria; es una carambola de billar en la que las bolas son los ciudadanos y el taco lo maneja el manual de resistencia. Anunciar ahora la regularización extraordinaria de medio millón de personas —o un millón, según el entusiasmo con el que Ione Belarra se levante ese día— tiene tanto de humanitario como de cálculo frío en una hoja de Excel.
Vayamos por partes. Se nos vende la medida como un gesto hacia Podemos, un caramelo para que la formación morada saque pecho frente a una Yolanda Díaz que, en Sumar, ya no sabe si es vicepresidenta o una simple espectadora del espectáculo del Consejo de Ministros (y Ministras). Al darle este triunfo a Belarra e Irene Montero, Sánchez no solo alimenta la brecha en su flanco izquierdo, sino que permite que la formación morada presuma de que ellos, desde la "resistencia" parlamentaria, doblan el brazo al Estado más que los que se sientan en el Consejo de Ministros. Debilita a la una, en beneficio de la otra, y ambas a su vez, quedan en umbrales mínimos, lo que le convierte a él en único referente de la izquierda real.
Pero no se engañen. El verdadero destinatario de este regalo no es Podemos. El destinatario es Vox.
A Santiago Abascal le han puesto el balón en el punto de penalti y sin portero. Sánchez necesita a un Vox hipervitaminado, rugiendo contra la "invasión" y sacando la artillería pesada. ¿Por qué? Porque el enemigo común de ambos no es el otro, sino el Partido Popular. En esta extraña simbiosis, Sánchez y Abascal se retroalimentan: el primero se erige como el único muro contra la "ultraderecha" y el segundo se confirma como la única alternativa real frente al "sanchismo". Mientras tanto, Alberto Núñez Feijóo se queda en ese terreno de nadie, tratando de explicar matices sobre una inmigración ordenada que, en el ruido de las redes sociales, suena a música de cámara en mitad de un concierto de heavy metal.
Vox parece cómodo en esta dinámica. Da la sensación de que estarían dispuestos a ver a Sánchez otros cuatro años en la Moncloa si el precio es conseguir el exterminio electoral de los populares. Es la estrategia de la tierra quemada.
Sin embargo, jugar con fuego en provincias como la nuestra suele terminar en incendio. Mientras en Madrid se diseñan estas maniobras de corto alcance, en la provincia de Almería los datos cuentan una historia muy distinta. Algunas encuestas ya sitúan al PSOE como tercera fuerza política, por debajo de un Vox que capitaliza el descontento de una tierra que vive el fenómeno migratorio sin los filtros ideológicos de la capital del Estado.
Sánchez está dejando las siglas del socialismo en una quiebra electoral astronómica. Almería no será una excepción, sino el síntoma de lo que puede ocurrir en otras provincias si el Gobierno sigue utilizando temas tan sensibles como moneda de cambio para salvar el cuello del presidente en el último minuto.
Incentivar el crecimiento de Vox para frenar al PP puede que le salga bien a Sánchez en los pasillos de las Cortes, pero no activa el crecimiento del propio PSOE. Al final, lo que queda es una estructura socialista precaria y una sociedad cada vez más polarizada. Porque es solo cuestión de tiempo que haya quien advierta que para frenar a la ultraderecha solo cabe la extrema izquierda, y el propio PSOE se diluya.
No entro hoy a valorar si la regularización es justa, necesaria o temeraria —eso daría para otro artículo sobre la realidad de nuestros invernaderos y la hipocresía de quien consume y critica a la vez—. Hoy hablamos de estrategia. Y la de Sánchez es tan cortoplacista que asusta. Pan para hoy —en forma de votos de investidura o de presupuestos— y hambre para un partido que, en provincias como la nuestra, corre el riesgo de convertirse en un recuerdo irrelevante.