El fenómeno migratorio en las costas del Estado español ha experimentado notables variaciones en los últimos años, afectando de manera directa a la provincia de Almería. Para analizar esta realidad desde la primera línea, el programa Almería de Cerca, emitido por 7TV Almería, ha recabado el testimonio íntegro de Manuel Capa, tripulante marinero de Salvamento Marítimo y delegado sindical. Este profesional, buen conocedor de las aguas que bañan la costa almeriense, explica cómo el control exhaustivo en la zona del Estrecho y el mar de Alborán ha derivado las rutas hacia el Atlántico y, más recientemente, hacia las islas Baleares.
Según detalla, las salidas se producen mayoritariamente desde Argelia, una travesía que no dista excesivamente de la ruta hacia la costa de Almería o Motril. Además, destaca un cambio de tendencia sociológico, puesto que si antaño llegaban predominantemente ciudadanos argelinos, en la actualidad también emprenden este viaje personas de origen subsahariano.
Durante su intervención, el marinero abordó de forma tajante diversas afirmaciones recurrentes sobre la llegada de cualquier patera a las costas. Desmintió rotundamente, con una certeza del noventa y nueve por ciento, la existencia de grandes barcos nodriza que acerquen a los migrantes hasta las inmediaciones del litoral. La realidad operativa demuestra que las embarcaciones utilizadas son lanchas de fibra de apenas seis metros de eslora, equipadas con motores de hasta cien caballos de potencia y cargadas con numerosas garrafas de combustible, que navegan directamente desde las playas argelinas o marroquíes.
Asimismo, frente a las acusaciones que tildan a los servicios de rescate de actuar como transportistas a demanda, Capa aclara que la institución se limita a responder a alertas de vidas en peligro en la mar, desconociendo las redes que operan en los países de origen. Estas redes, en ocasiones, proveen a los ocupantes de brújulas, sistemas de posicionamiento o teléfonos para contactar con los servicios de emergencias cuando alcanzan zonas con cobertura. En cuanto a la afirmación de que los rescatados son jóvenes en edad militar, el rescatador subraya que se trata sencillamente de personas jóvenes en busca de un futuro laboral, dado que son los únicos con la fortaleza física necesaria para sobrevivir a la travesía o a la dureza del desierto previo, algo impensable para personas de avanzada edad.
Las condiciones sociolaborales de las tripulaciones de Salvamento Marítimo constituyen otro de los ejes fundamentales de su testimonio. Como representante de los trabajadores, Capa expone la extrema dureza de una labor que exige permanecer embarcado un mes ininterrumpido. En periodos de alta presión migratoria, las jornadas pueden alcanzar las ochenta horas semanales, un ritmo extenuante donde los descansos desaparecen y se pierde la noción del tiempo, alternando rescates en plena madrugada con nuevas alertas a primera hora de la mañana.

Aunque señala que la carga de trabajo ha descendido recientemente en Canarias para repuntar de forma leve en Baleares, y que desde las operaciones centrales se ha intentado reorganizar estratégicamente a las unidades, la fatiga acumulada sigue siendo un problema grave. El marinero reivindica la necesidad de mejorar la configuración de las plantillas y reducir los tiempos de embarque para proteger la salud física y psicológica de los profesionales. A pesar de estas dificultades, recuerda que el acceso a este servicio público está abierto a quienes sientan vocación por el mar y estén dispuestos a asumir los rigurosos requisitos y el severo aislamiento familiar que conlleva la profesión.
El impacto psicológico de enfrentarse a emergencias constantes es devastador. Capa relata las dramáticas escenas vividas en el Atlántico, donde las enormes distancias obligan a navegaciones de hasta siete horas para alcanzar un cayuco que puede albergar a más de doscientas cuarenta personas. El proceso de rescate es lento y extremadamente peligroso, siempre condicionado por el estado del mar y el riesgo inminente de vuelco. El marinero describe cómo los ocupantes padecen frío, insolación y patologías no tratadas tras más de diez días de travesía en unas condiciones infrahumanas. En los casos más trágicos, las tripulaciones se ven obligadas a extraer cadáveres del fondo de las embarcaciones.
Para soportar esta inmensa carga emocional, ante la falta de protocolos psicológicos oficiales, los trabajadores se apoyan mutuamente o intentan forjarse una coraza mental, concentrándose exclusivamente en el aspecto positivo de las vidas salvadas. Una vez a bordo del buque de rescate, los migrantes son acomodados en cubierta y reciben una atención básica consistente en agua y mantas para combatir la hipotermia, limitando otras intervenciones médicas por precaución ante posibles alergias, y solicitando evacuación en helicóptero únicamente en casos de extrema gravedad.
Más allá del drama migratorio, las funciones de Salvamento Marítimo abarcan la atención a todo tipo de incidencias náuticas, desde el remolque de pesqueros averiados hasta el rescate de navegantes desorientados. Capa rememora un servicio reciente en el que auxilió a un octogenario alemán a bordo de un velero a la deriva en medio de un fuerte temporal, un caso que finalizó con éxito tras atracar la embarcación de forma segura. El marinero reconoce que, en ocasiones, las emergencias derivan de la grave imprudencia y el desconocimiento del medio marino por parte de los usuarios.
Finalmente, al ser consultado sobre la presencia de narcolanchas en las costas, un problema de seguridad muy recurrente en el sur de España y con especial afectación en la provincia de Almería, el profesional señala que, si bien no ha intervenido directamente en casos relacionados con el narcotráfico a gran escala, sí tiene constancia de compañeros que han debido remolcar lanchas dedicadas al suministro logístico de combustible, conocidas como embarcaciones de petaqueo, tras quedar a la deriva por averías en sus motores con todos los cargamentos flotando a su alrededor.