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El tremendo relato que sí reconoce Ana Julia
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El tremendo relato que sí reconoce Ana Julia

martes 10 de septiembre de 2019, 16:00h

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A las diez de la mañana comenzaba a declarar Ana Julia Quezada en la Audiencia de Almería como acusada de la muerte del pequeño de ocho años Gabriel Cruz, el 27 de febrero de 2018 en las Hortichuelas de Níjar, y su relato, aunque en clave de defensa alegando que se trataba de un accidente porque ella no quiso matarlo, ha sido impactante.

Con esa nueva imagen con la que se ha presentado año y medio después de los hechos, y tras llevar prácticamente ese mismo tiempo en prisión preventiva en El Acebuche aislada con única interna en su celda y lejos del resto, ha tardado hora y media en pedir perdón a los familiares, sollozando al tiempo que decía “Por favor perdonadme, solo era un niño de ocho años”.

Guiada por el interrogatorio de la fiscal Elena Fernández, se ha derrumbado la primera vez al poco de comenzar, ya que indagando sobre cómo era la relación con el niño y el entorno de Ángel, el padre del menor y con el que mantenía una relación sentimental, le preguntó sobre la madre del crío, Patricia. Su respuesta inicial fue que se conocieron a raíz de la desaparición, y que no era mala, a lo que la fiscal le inquirió si alguna vez había dicho que era una “hija de puta y mucha gente la odia” a que debe dinero “que lo están investigando”, y ella contestó que no, le insistió la fiscal detallando que lo dijo en una conversación telefónica, reiteró la negativa… hasta pusieron la grabación en la que se le oía perfectamente. Entonces de nuevo lloró y lo admitió.

Pero el momento más terrible ha sido cuando ha explicado las circunstancias de la desaparición de Gabriel y las circunstancias de la muerte, reconociendo que le tapó la “nariz y la boca” para callarlo, no solo la boca ya que insistió en ambos órganos todo el tiempo, y que luego se percató de que había fallecido.

Ha contado que después de comer aquel día, Gabriel quería irse a casa de sus primos, y que la abuela le pidió que esperara un poco, pero la inquietud del crío hizo que se marchara, y ella lo vio salir desde la verja mientras estaba con el móvil. Entró, cogió un refresco, y entonces cogió el coche para ir a la finca de Las Hortichuelas a seguir pintando, momento en que encontró a Gabriel junto a unos matorrales en el camino, le preguntó qué hacía, respondió que esperaba un poco antes de ir a casa de sus primos, y entonces ella le animó a subir al vehículo con la promesa de que se limitaría ventilar la casa para abreviar, y rápidamente lo traería de vuelta.

Según su narración, al llegar, el niño se quedó fuera y ella comenzó a abrir las persianas, momento en que “entonces entra Gabriel -llora de nuevo- con un hacha, y le digo deja el hacha que te vas a hacer daño y empieza a decir tú a mi no me mandas que no eres mi madre, quiero que mi padre se case con mi madre, que eres muy fea, que te vayas a tu país”.

Esto se contradice con la propia imagen que ella –y todos los que le conocieron- ofrece del menor, en el sentido de que era noble, amable y respetuoso. Sí es cierto que apunta que en alguna ocasión la llamó “fea” y que no le gustaba su nariz, pero es algo a lo ella misma admite que no le dio importancia tras ocurrir solo una vez.

Su reacción –siempre según esta versión- es que “simplemente le tapé la boca” y tras eso insistió varias veces en que fue “la nariz y la boca” para que se callara, y que “no quería matar al niño”. Ahí se advierte otra contradicción, ya que para que se calle no hace falta tapar la nariz del niño, porque lo que en realidad estaba haciendo entonces era impedir que respirara, no que hablase.

Importante para este extremo es saber qué estaba haciendo con la mano izquierda mientras usaba la derecha para lo antedicho, y en ello se ha empeñado sin éxito la fiscal, ya que Ana Julia respondía que no sabía dónde la tenía. Se trataba de conocer si estaba en la nuca, haciendo presión a ambos lados de la cabeza, u oprimiendo el pecho, por ejemplo, si le estaba inmovilizando la mano con la que portaba el hacha para evitar esa agresión de la que hablaba.

Asegura que “le puse la mano en el pecho y no respiraba, y me quede bloqueada”, por lo que se puso a fumar y a pintar, con el cuerpo en la habitación donde todo había ocurrido. Lo justifica no por frialdad sino por nervios.

De nuevo no sabe responder el motivo por el que no llamó al 112, o al 061, más allá de la tensión que le había producido ya que “solo pensaba cómo se lo digo, es el hijo de mi pareja”, y que por eso “no pude llamar a nadie (…) no pude decirle a nadie lo que había pasado (…) ni a mi hermana”.

Decidió enterrarlo, para lo cual cogió una pala que le fue mostrada en la sala de vistas y reconoció, y el hacha, que provocó otro momento de lágrimas.

Ana Julia, que había ejercido de carnicera, reconoce que cogió el hacha porque tras enterrar al pequeño “se le quedó una manita fuera a Gabriel”, y admite que “creo que le di uno –hachazo- con la cabeza mirando así –para otro lado- porque no era capaz”, pero como no se había seccionado “entonces le dio otro”. Lo que no explica es por qué recurre a esto en vez de hacer más grande el hoyo, cuando se trata de un niño de tan corta edad, motivo por el que la acusación particular cree que su intención era descuartizarlo aprovechando sus conocimientos.

Luego ha dado explicaciones sobre otras cuestiones que también difieren de las que ella misma sostenía en fase anteriores de la investigación, ya que asegura que cuando puso la camiseta de Gabriel sobre un cañaveral y simuló haberla encontrado, tras ser detenida afirmaba que era para darles ánimos al padre en la búsqueda, pero ahora dice que “yo quería que alguien me cogiera porque no era capaz de decirlo con mis propias palabras”.

Y otra novedad en su historia es que ahora argumenta que cuando recogió a Gabriel y lo metió en el maletero de su coche poniendo rumbo a Vícar, que es donde vivía habitualmente con Ángel, trayecto que fue monitorizado por la Guardia Civil, que la detuvo nada más llegar al bloque de viviendas, su intención era suicidarse.

Ha contado por primera vez que su idea era llegar a la casa, escribir una carta a Ángel y otra a su hija Judit, dejar alimento para la perrita, y tomarse “todos los medicamentos que llevaba”. Eso contrasta, y es otra contradicción, con que cuando es detenida en la Puebla de Vícar, y por tanto al fin tenía esa posibilidad que reclamaba de ser cogida, lo que hace decir que acababa de coger el coche y que no sabía quién lo había puesto ahí.

Al final la pregunta de la fiscal ha sido muy directa, tanto como la respuesta. La pregunta, si había matado a Gabriel. La respuesta, que sí.

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