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Pobreza llama a pobreza

miércoles 23 de abril de 2014, 10:55h

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Un 21,6% de los españoles viven ya bajo el umbral de la pobreza, según rezan las estadísticas del INE a noviembre de 2013. Esto implica que ha descendido casi en un punto el número de personas que estaban por debajo del mismo umbral en 2012. Sin embargo, descubrimos al tiempo que observamos este dato que nos parece esperanzador, que en realidad ha aumentado la pobreza en nuestro país. El porqué lo encontramos en que el cálculo del dichoso indicador se hace en base a los ingresos medios de los españoles y en que éstos han bajado, con lo cual también baja el porcentaje para considerarnos pobres. Pobreza llama a pobreza.

De esto se deduce que uno de cada cinco españoles en pobre. Y según los datos recogidos, la tasa sube en Andalucía y casi uno de cada cuatro andaluces lo es. Para ser pobre tienes que ganar menos de 7040 euros al año si eres una única persona, y menos de 14784 euros al año si se trata de los ingresos de una familia compuesta por dos adultos y dos niños. Observando estas cifras, muchos de nosotros podemos considerarnos prácticamente ricos…. y yo que sigo sin poder llegar a fin de mes. Algo falla en mis cálculos, desde luego. Este mes me compro sin falta un libro de economía doméstica japonés que me han recomendado, a ver si me aclaro. kakebo, creo que se llama. Se lo recomiendo.

La tragedia vivida por la familia de Alcalá de Guadaira, independientemente de las causas que la hayan producido, ha sacado del anonimato el escenario de dolor en que viven muchas familias en España. Cada vez se hace más complicado que las redes de ayuda familiar se hagan cargo de las necesidades de los desocupados que la forman, porque a los que antes podían auxiliar les afecta también la precariedad económica a pesar de mantener su puesto de trabajo. Por supuesto también están los ejemplos de las personas que tienen una buena posición económica y prefieren no ser conscientes de lo que sucede a su alrededor, pero ésa es harina de otro costal. Son ésos que se sorprenden y a los que se le cae una lágrima cuando sale en la tele el anuncio de una madre que le da a su hijo un bocadillo de pan con pan sin nada y le pide al hijo que se imagine las proteínas.

A mi es que ya se me deben haber secado las lágrimas de tanto espectáculo dantesco que veo a diario. Porque cada noche yo misma veo desde mi ventana familias que como Enrique Caño, el difunto fontanero en paro, y su familia, pasan con su furgoneta delante de mi casa, o con su carro de supermercado, a buscar el dorado entre los contenedores. No sé ustedes, pero yo sí que he visto personas sin el antiguo aspecto marginal, comiendo sobras directamente del contenedor. Esto es lo que se decía en un principio que había hecho la familia de Enrique Caño. Esa familia con la que todos estábamos o estamos elucubrando.

Y me da por pensar…en el caso de que se demuestre que Enrique podría ser el causante, intencionadamente o no, de la muerte de gran parte de su familia, ¿qué sería, la víctima o el verdugo? Tal vez estuviera desesperado por la situación y una vez determinada en su mente una situación fatal, hubiera visto en la cara de sus niños la desesperanza, e intentando evitarles el dolor de la pobreza, les hubiera infringido la misma muerte que a él se deseaba, para desaparecer de una vez y para siempre de este mundo que no le otorgaba más que asperezas.

Aunque todos estamos de acuerdo en que, si es que lo hizo, no debió arrastrar a su familia, a lo mejor el verdadero verdugo es la sociedad en la que vivimos y en la que se ha quebrado el estado del bienestar, esta sociedad hipócrita que mantenemos en la que tiene que salir una noticia como ésta, para mostrarnos lo que ya sabemos, que las personas que comen de los contenedores no son ya solamente alcohólicos o vagabundos que lo hacen porque no quieren desplazarse hasta el albergue.

Son personas como nosotros, que hasta hace poco tiempo tenían una casa cálida, se levantaban temprano para trabajar y daban un beso a sus hijos antes de ir a dormir, personas que miraban el futuro con optimismo y que ahora prefieren no mirarlo, que arrastran su día a día y que arrastran a sus familias con ellos, personas que se consideran perdedoras sin serlo, porque cuando uno pierde no es consciente de que esa pérdida no está causada por uno mismo. Personas que han perdido la autoestima por culpa del dorado. Personas a las que entre todos tenemos que ofrecer una salida. Aprendamos la manera de ser todos su red de apoyo familiar. Que alguien nos enseñe cómo.

Anabel Lobo

Periodista.Licenciada por la Universidad Complutense.Título (Máster) en Identidad Corporativa por ESIC y uno en Gabinetes de Instituciones por Corporación Multimedia.Fue becada por Radio Televisión Española y Telemadrid. Ha colaborado en los suplementos económicos de Cinco Días.Técnico de comunicación para la Dirección General de Empleo de la Consejería de Economía de la Comunidad de Madrid.