“Siempre se van los mejores”, eco de tanatorio viejo. “Se están muriendo gente que nunca se había muerto”, irónica expresión que asume la fatalidad de la muerte. Raúl del Pozo era irónico hasta decir basta y uno de los mejores periodistas; luego estas tópicas expresiones le vienen como anillo al dedo.
No lo conocí, sí lo leí y escuché; por lo tanto, en estos días exprimiré el anecdotario extenso de este gran escritor a través de obituarios en radio, televisión y prensa escrita.
Hoy esta columna se convierte en metacolumna al hablar de los divertidos, siempre escritos, de Raúl del Pozo desde mi más tierna infancia. Había días que en casa parecía el casino: se juntaba el periódico que compraba mi padre con el que compraba mi hermano o yo mismo.
Soy profesor y siempre desde la docencia hemos esgrimido la necesidad de una educación de calidad para establecer las estructuras básicas de la ciudadanía. Cierto, pero no olvidemos que educación es un concepto más amplio que las instituciones educativas. En mi caso, tanto o más que mis insignes profesores de instituto me enseñaron también periodistas en todas sus variantes: críticos con el poder establecido, con independencia de criterio, sarcásticos, irreverentes, al modo en el que Billy Wilder nos muestra en sus películas (“Primera plana”, “El gran carnaval”). No en vano él también fue periodista en la Europa de entreguerras; en el libro “Billy Wilder reportero” se incluyen algunas de sus crónicas.
Este periodismo está muerto o casi muerto. ¿Quién de los periodistas de actualidad puede ser continuación ética y estética de: Pablo Sebastián, Martín Prieto, Francisco Umbral, Pilar Cernuda, Manuel Alcántara, Jesús Hermida, Alfonso Sánchez, José M.ª García, Luis del Olmo…?
Después de arrancar las hojas color salmón nos íbamos a la contraportada; leíamos a Paco Umbral o Manuel Vicent o Manuel Alcántara, luego continuábamos con Martín Prieto, Raúl del Pozo, incluso Antonio Gala con su Tronera. Era una alineación insuperable, un lujo ahora imposible de encontrar.
¿Y es que actualmente la política, el deporte o la cultura no nos dan los mimbres para que salieran tales redacciones? Al revés: políticos y deportistas nos regalan acciones y declaraciones que ya las hubieran pillado estos insignes periodistas. Será que el llamado cuarto poder está llamado a sucumbir. Una pena.
Ha caído el periodismo en manos del activismo y la sumisión. Antes de leer una columna o antes de escuchar a un periodista en la tertulia sobre alguna cosa de actualidad, tal y como ocurría en la retransmisión de Uribarri de Eurovisión (nos adelantaba y acertaba los votos que cada país iba a conceder), sabemos qué va a decir. Pero no pareciera que fuera por unos principios o ideales, ya que estos cambian y defienden con vehemencia una cosa y la contraria. Ni siquiera su forma de decirlo merece nuestra atención: no tiene la gracia de Raúl, ni la mala leche de Paco, ni la inteligencia de Martín Prieto, ni el sentimentalismo de Vicent, ni la bondad de Forges.
Una amalgama de ventrílocuos con un guion harto conocido. Una pena, pues eso: que se van los mejores. Y los que quedan, como Miguel Ángel Aguilar, que nos aguanten muchos años. De las sabias, ricas y llenas de contenido columnas de esta generación de periodistas depende la profesión; el relevo tendrá que esperar a que pase la época de relatos y el papagayo.
Efectivamente no lo conocí, pero me atrevo a repetir una anécdota contada por el propio Raúl en el programa de Alsina (un puntito de esperanza para el periodismo, tanto él como sus colaboradores), que decía así:
“Llegué a la radio una mañana después de haber estado de juerga toda la noche, y llegué ciego a la radio, y Luis del Olmo, en plan cachondeo, a ver si yo era suficientemente moderno empezó a decirme: ‘Oye, Raúl, ¿y a ti qué te parecen los gays?’. Y le respondí: ‘A ver, Luis, ¿quién con cuatro copas no se ha follado a un amigo?’”.