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Reflexión desde mis jeans
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Reflexión desde mis jeans

Por Rafael M. Martos
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viernes 09 de enero de 2026, 06:00h
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Hubo un tiempo en que ser antiamericano era casi un deber cívico, una especie de deporte nacional que practicaban, con un entusiasmo inusitado, las dos Españas (incluso las tres... y hasta las cuatro). Por un lado, la derecha pata negra, nostálgica de ese imperio donde no se ponía el sol, miraba con desprecio a los yanquis, considerándolos unos advenedizos sin solera que venían a profanar la soberanía "nacional" con sus bases militares y su chicle de fresa, aunque mal que bien, eso le daba un barniz al régimen franquista. Por otro, la izquierda más extrema, con la vista puesta en Moscú, les veía como una gran bota imperialista... y la OTAN, una multinacional de la guerra... no como el Pacto de Varsovia, claro, donde todos eran angelitos libertadores de pueblos oprimidos.

Lo fascinante de aquella época —y de esta, para qué engañarnos— es que ese odio visceral al "gringo" se predicaba embutido en unos Levi’s 501, mientras se apuraba una Coca-Cola y se escuchaba a Bob Dylan. Éramos, y somos, unos genios de la contradicción: despreciamos el Pentágono pero nos sabemos de memoria los diálogos de El Padrino. Incluso los hippies que pululaban por las calas de Cabo de Gata, con su rechazo al sistema, no dejaban de ser el producto de exportación más genuinamente americano desde el Ford T.

Sin embargo, la cosa deja de tener gracia cuando miramos el mapa geopolítico actual. Europa, esa anciana aristócrata que se cree a salvo en su salón de té (ya ni eso, que la GB se fue... pongamos café, o cerveza, que nos vamos a entender mejor), está hoy atrapada en una pinza que da pavor. La guerra en Ucrania ha desnudado las vergüenzas de la Unión Europea, evidenciando que no somos más que un protectorado sin voz propia, sometidos a una OTAN que baila al son de Washington. Y el problema es que el director de la orquesta en la Casa Blanca —ya sea por aislamiento o por afinidades electivas— parece llevarse sospechosamente bien con Vladímir Putin, el mismo que tiene a los europeos contando las reservas de gas cada invierno.

La prepotencia de las barras y estrellas ha llegado al punto de que no se cortan en sugerir que podrían "comprar" Groenlandia, en un amago de "plomo o plata", es decir, o me la vendes o te la ocupo. Sí, una parte de Dinamarca, un socio de la Unión Europea. Ante tal órdago, la respuesta de Bruselas ha sido el equivalente diplomático a encogerse de hombros con elegancia. No hay ejército europeo, no hay política militar común y, sobre todo, no hay coraje. Tenemos a Estados Unidos alineado con Rusia, a Rusia con China, y a China jugando al ajedrez con el mercado global. En medio, como el relleno de un sándwich que nadie quiere comerse, está la Unión Europea.

Bajemos al terreno de lo cercano, que es donde nos duele. Si Estados Unidos decide que por su "seguridad" Groenlandia es suya, ¿qué impide que Marruecos decida mañana que, por la suya propia, Ceuta y Melilla deben cambiar de bandera? ¿O que las aguas de Canarias son el nuevo patio de recreo de Rabat? Y todo ello siempre con el aplauso norteamericano. La pregunta no es solo qué harían la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, o el Alto Representante Josep Borrell. La pregunta, incómoda y cruda, es qué haríamos nosotros.

Es muy sencillo indignarse en una columna de opinión o en la barra de un bar de Almería, pero seamos rigurosos: ¿Estaría el ciudadano de a pie dispuesto a que sus hijos formaran parte de una fuerza de despliegue para defender la soberanía danesa en el Ártico? ¿Votaríamos a un partido que propusiera enviar tropas al frente de Ucrania o blindar las fronteras marítimas frente a las ambiciones expansionistas del sur con algo más que comunicados de prensa?

La realidad es que el político español solo actúa si siente el aliento del respaldo popular en la nuca. Y mucho nos tememos que la ciudadanía prefiere seguir con su esquizofrenia: quejarse de la irrelevancia de Europa mientras se niega a pagar el precio de su defensa. Si no estamos dispuestos a que un soldado de la provincia defienda la soberanía en Ceuta o Melilla, malamente podemos esperar que un alemán o un polaco se jueguen el tipo por nosotros, y al revés, si no estamos dispuestos a mandar soldados a la primera linea del frente ucraniano o groenlandés, no podemos pensar que un danés o un ucraniano vendrá a defender las aguas de Canarias.

Entre el expansionismo yanqui y la pasividad europea, lo único que parece seguro es que seguiremos comprando sus vaqueros mientras ellos, despachito a despachito, se quedan con el mapa.

Rafael M. Martos

Editor de Noticias de Almería y Coordinador de la Delegación en Almeria de 7TV Andalucía

Periodista. Autor de "No les va a gustar", "Palomares en los papeles secretos EEUU", "Bandera de la infamia", "Más allá del cementerio azul", "Covid19: Diario del confinamiento" y "Por Andalucía Libre: La postverdad construida sobre la lucha por la autonomía andaluza". Y también de las novelas "Todo por la patria", "Una bala en el faro" y "El río que mueve Andorra"