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Tertulianos entre el barro
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Tertulianos entre el barro

martes 05 de mayo de 2026, 08:29h
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Apuraba el último café de la mañana cuando me sorprendió la voz de un tertuliano en una emisora local. Sentenciaba con gravedad de plomo que España no ha salido jamás del “Duelo a garrotazos”, aquel cuadro de Francisco de Goya que retrata a dos hombres golpeándose de rodillas en el barro. La frase no buscaba explicar, sino sentenciar; no abrir un análisis, sino cerrarlo en forma de epitafio.

Cuando terminó su perorata, me quedé atravesado. Para él, cuanto más progreso acumulamos, menos despejado parece estar todo. Como si siguiéramos siendo esos dos hombres golpeándose, enfangados en el barro de la confusión, mientras el paisaje se desmorona alrededor.

Decía el apocalíptico tertuliano, con la convicción de quien ha visto el fin de España en un telediario, que la polarización es nuestro estado natural, una condena de arcilla y sangre que nos impide avanzar. No hablaba del presente: hablaba de una narrativa cerrada, cómoda para quien necesita un país en crisis permanente para que su discurso tenga sentido.

Ese diagnóstico, que tanto gusta a quienes viven del miedo y lanzan bulos, quizá no ande falto de razón al describir nuestras sombras, pero pocas veces se mira con la misma atención la luz que aún persiste entre ellas. Y es que el ruido no es un accidente, sino un producto de diseño, una mercancía que se vende en los despachos y redes sociales donde la crispación cotiza al alza. El problema no es solo lo que ocurre, sino quién se beneficia de que lo veamos siempre como catástrofe.

Mientras el tertuliano relataba un país enfrentado yo pensaba en la universidad de Almería, que cuenta con más de una docena de investigadores entre los científicos más citados del mundo, o en el Hospital Torrecárdenas, donde una investigadora, Gema Esteban, es referente internacional en la investigación del síndrome de Wolfram. No son excepciones decorativas del relato optimista: son estructuras reales que funcionan mientras el ruido mediático las ignora.

Pensaba también en la gente que cada mañana abre su negocio, siembra en los invernaderos o enseña en las aulas con la misma obstinación con que las olas del Zapillo regresan siempre a la orilla. Esa repetición silenciosa es, en sí misma, una forma de estabilidad que rara vez ocupa espacio en los debates televisivos.

No es casualidad que en esta provincia trabajen doce centros especializados en investigación y desarrollo de semillas, pequeñas cápsulas de futuro donde se ensayan las respuestas alimentarias de un planeta que crece. Aquí el futuro no se declama: se cultiva en laboratorios discretos y fincas experimentales.

Quizá por eso conviene recordar que incluso en los tiempos más ásperos, cuando hay gente que parece mirarse en el espejo deformante de Ramón María del Valle-Inclán por pura autoflagelación, este país sigue abriéndose paso. No somos figurantes de una tragedia goyesca como cree el tertuliano, sino autores de una partitura que aún no ha terminado de sonar. Y esa diferencia no es estética: es una forma distinta de entender la realidad.

Es la España silenciosa la que escribe esa partitura, lejos del tertuliano que nos muestra siempre la pared más oscura de Goya. La otra España, la que imaginó el poeta almeriense Julio Alfredo Egea, brilla allí donde “la luz no es un adorno, sino una insobornable voluntad de ser”.

Quizá el verdadero conflicto no esté entre dos Españas enfrentadas, sino entre dos maneras de mirar la misma España: la que amplifica el barro y los traslada en forma de bulo y la que aún sabe distinguir la huella en él.