Hacía años que no vivíamos unas Navidades y una despedida de año, climatológicamente hablando, como el actual. La blanca nieve nos visitó, y muchos almerienses corrieron a disfrutar de ella. Los puertos de montaña se vieron mecidos por la nieve, y por lo vecinos que acudían a verla, sentirla y jugar con ella. Mientras en otro pueblos, no tan altos, donde la nieve no se presenta desde hace décadas, se tienen que contentar con bajar a ver si ha salido el río o la seca rambla que cruza sus calles y paisajes.
Y ahí estaba el río cantando, haciendo suyo el cauce seco hasta hace unos días. Lo que era una triste rambla, se convertía en estos días de Navidad, previos a la despedida del año, en el esperado río que ve correr al agua camino de perderse en las profundidades del mar. Está siendo una Navidad especial. Hace frío. Llueve. Nieva. Hemos sacado las bufandas de los armarios, y hasta los guantes han vuelto a la vida diaria de los almerienses, perdidos por décadas. Se ha recuperado una estación, la invernal, que teníamos casi olvidada. Y lo hemos sentido en nuestros huesos, ¡maldita humedad! Y en el frío amanecer de cada día. Pero ha sido hermoso volver a sentir que nada se ha perdido, que todo vuelve por Navidad. Incluso la lluvia y la nieve.
Ya no estábamos acostumbrados a que se nos ocultara el sol durante horas, y nos ha hecho zonga durante más de las que nos esperábamos. El cambio climático que nos vendían nos tenía sumidos en que Almería era un desierto sin remisión. Y es posible que una parte así lo sea. Y los campos de Tabernas nos seguirán asomando a ese paisaje lunar que algunos han escrito, o a esos desiertos donde los caballos galopan libres por laderas y pequeñas lomas. Pero el pasado mes de diciembre nos ha dado cierta esperanza, ha vuelto la lluvia, la nieve se hizo presente, y el blanco cubrió calles, plazas y paisajes de muchos parajes de nuestra Almería.
Seguiremos siendo un desierto, lloraremos por el agua, por la de las nubes y la de los acuíferos, la de los trasvases y la de las desaladoras, pero no perdemos la esperanza de que otros años tengamos la ilusión de que ellas vuelvan, la lluvia y la nieve, a cubrir los tejaos y los terraos de nuestras casas, los campos, las carreteras y los puertos de nuestras sierras.
Se añora lo que no se tiene, lo que desaparece del entorno de nuestras vidas, y eso venía ocurriendo desde hace años con la nieve, con la lluvia, con las salidas de los ríos. Este año muchos críos han conocido por primera vez lo que es nevar, han sentido en sus manos el cálido frío de los copos, han jugado con ellos y se han peleado con los amigos y familiares haciendo bolas con las que luchar. Y hasta es posible que un muñeco se haya erigido delante de casa, con gorro de Navidad incluido, como nos enseñan las fotos y las postales antiguas que guardamos en los viejos álbumes. Aquellas que se van volviendo amarillas con el paso del tiempo y que creíamos que nunca volveríamos a ver.