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Vandalismo
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Vandalismo

Por Juan Torrijos Arribas
miércoles 08 de abril de 2026, 06:00h
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Tiene uno la impresión de que nos estamos acostumbrando al vandalismo, escondemos la cara ante la adversidad que nos rodea, aceptamos el que esta sociedad no tiene solución, y permitimos que las calles se conviertan en campos de batalla, donde aparecen las navajas en manos de jóvenes de doce o trece años que juegan al fútbol, y las piedras se convierten en Las manos de unos críos en argumento contra el paso el viernes de La Lola por el barrio de San Cristóbal. Y lo contamos con naturalidad, y nadie se pregunta por qué se permiten estas actuaciones. Se habla de pandillas de jóvenes que van asustando a los de otros barrios, y, ¿qué hacen nuestros políticos?

En algunos pueblos del interior, la madrugada del domingo de resurrección se convierte en una lucha contra con árboles, coches y maceteros en las calles. ¿Y qué ocurre? Nada. Son los jóvenes. ¿Y esa tiene que ser su diversión? No se pueden dedicar a darse con una piedra en la espinilla. Lo mismo les gusta más. Los ayuntamientos no quieren denunciar. No tienen los testigos. Se sabe quiénes son esos críos, a veces jóvenes, pero nadie se quiere enfrentar a los padres. Es preferible reponer lo destrozado y esperar que algún año llegue la educación a estos jóvenes que tiran piedras a las procesiones, a los que van a jugar al fútbol con navajas en los bolsillos, a los pandilleros que se pasean por los barrios amenazando a otros jóvenes y a los que destrozan árboles y maceteros en las calles de los pueblos.

¿Nada se puede hacer contra estos jóvenes, pandilleros, críos, a los que lo menos que les podemos decir es que son unos gamberros y maleducados hijos de papá? Por lo visto, y tras ver el comportamiento de las autoridades, nada se puede hacer contra esta juventud. Ni siquiera educarlos, que es lo menos que debíamos intentar. Hay que seguir con la esperanza de que las calles les enseñen, ya que en sus casas y en las aulas no están encontrando, por lo visto hasta ahora, las enseñanzas que los lleve a un comportamiento social.

Hablamos de jóvenes con navajas en los bolsillos a los doce o trece años. ¿Qué llevarán a los dieciocho, a los veinte? Y no parece preocuparnos. Son niños, decimos. Eso es lo peor, que son niños. Niños que tiran piedras a las procesiones, que destrozan árboles y maceteros, que acuchillan a un rival con el que juega al fútbol, que se pasean por barrios amenazando a otros jóvenes de su edad. Y si eso se lo permitimos hoy, ¿han pensado lo que les vamos a tener que permitir dentro de unos años, cuando no sea solo una navaja lo que lleve en el bolsillo? No lo debemos pensar, porque no vemos que se le intente poner remedio.