Había una vez un día, allá por los tiempos en que las reivindicaciones tenían un objetivo concreto y no eran un cajón de sastre, en el que el 8 de marzo servía para poner el foco en la desigualdad estructural. Pero en este Estado llamado España, donde la especialidad deportiva es el equilibrismo político, hemos decidido que la brecha salarial y el techo de cristal se arreglan mejor si, de paso, solucionamos la geopolítica mundial entre pancarta y pancarta.
Resulta fascinante observar cómo ciertos sectores de la izquierda han decidido que el Día Internacional de la Mujer es tan poco relevante, que es el momento ideal para desempolvar el "No a la guerra". Porque claro, no hay nada que defina mejor la lucha por la igualdad que analizar el conflicto en Oriente Medio o la expansión de la OTAN mientras se pelea por la conciliación en el sector del manipulado, o se le da una patada al techo de cristal.
Es de un rigor asombroso. Al parecer, la Ministra de Igualdad, Ana Redondo, o su antecesora, Irene Montero —que marcó cátedra en esto de los "totum revolutum"—, consideran que la mujer no es un sujeto político con entidad propia, sino una especie de "comodín para todo" que sirve igual para un roto que para un descosido bélico. Es la instrumentalización más cruda: utilizar la legítima causa de la mitad de la población como altavoz de consignas que no tienen nada que ver con la agenda feminista, pero sí mucho con la supervivencia de ciertas siglas.
Lo peor no es que la ministra de turno o figuras como Yolanda Díaz, Vicepresidenta Segunda del Gobierno de España, intenten colar el mensaje pacifista en una manifestación por los derechos de las mujeres. Lo verdaderamente sangrante es que haya colectivos que se dejen pastorear. Es una condescendencia intelectual decirles a las mujeres que su día debe ser un refugio para todas las frustraciones ideológicas de la izquierda más rancia.
Si el 8M es para reivindicar la igualdad en una sociedad que aún no la contempla de modo estructural, ¿qué pinta un misil en la pancarta? ¿Acaso el fin de las hostilidades en el Donbás va a equiparar automáticamente las pensiones de nuestras agricultoras? El enfoque es tan disperso que acaba siendo invisible. Al final, entre tanto ruido antibélico, los problemas reales se quedan en un segundo plano decorativo.
Parece que para ser una "buena feminista" según el manual de estilo de Moncloa, no basta con defender la equidad; hay que ser experta en balística y tener una opinión formada sobre los tratados de no proliferación nuclear en Irán y oponerse a que Donald Trump machaque a los barbudos, también con la excusa de la liberar a las mujeres. Es el feminismo "kit de supervivencia": te llevas el derecho al aborto y te regalamos un análisis sobre la soberanía de los pueblos. Todo en el mismo lote, oiga, que estamos en rebajas ideológicas.
Convertir el 8 de marzo en una suerte de festival contra la guerra es, sencillamente, admitir que la causa de la mujer no es lo suficientemente importante por sí sola. Es un insulto a la inteligencia del electorado femenino que, mientras ve cómo se disparan los precios en el supermercado o cómo falla la atención primaria, tiene que escuchar sermones sobre la paz mundial en el día en que debería hablarse de su realidad cotidiana.