Cada mes de agosto, los rituales locales exigen dos cosas: soportar la solanera del mediodía y presenciar cómo la corporación municipal se pone en plan solemne ante el monolito de la Plaza de la Constitución (o Plaza Vieja, para no ponernos estupendos). El homenaje a Los Coloraos —aquellos 22 liberales con casacas rojas inglesas fusilados de rodillas y por la espalda en agosto de 1824 por orden del absolutista Fernando VII— sigue siendo la gran comedia involuntaria del calendario festivo local.
Habría que felicitarse de que el famoso Pingurucho siga reinando en el centro de la plaza. La pura lógica dictaba que un monumento erigido a la Constitución de 1812 habitara la Plaza de la Constitución, pero la lógica política suele cotizar a la baja. Durante años, equipos de gobierno locales del PP con todos los alcaldes que ha tenido, intentaron desterrar la columna de mármol de Macael bajo excusas tan peregrinas que daba hasta sonrojo leerlas. Argumentaban cuestiones de espacio y perspectiva visual. Lo alarmante del asunto es que quizás aquellas justificaciones absurdas eran, efectivamente, los verdaderos motivos, y que las atribuidas desde la oposición eran excesivamente rebuscadas, pero al menos podían tener cierta lógica política.
El espectáculo de la política contemporánea es fascinante: ver a concejales, diputados, senadores, parlamentarios... en definitiva, a representantes de todas las insituciones, depositar flores ante quienes fueron calificados en su época de salvajes rebeldes produce un ardor cívico difícil de digerir. Porque, puestos a ser rigurosos con la historia, conviene recordar el papel de los almerienses de 1824. Lejos de abrazar a los libertadores, la población local reaccionó con una cobardía y una desidia manifiestas, dando la espalda a los expedicionarios que desembarcaron esperando un apoyo popular que nunca llegó, dejándolos vendidos a las tropas absolutistas. Asi que no, que eso de "Decidida por la libertad" vamos a dejarlo más en una frase bonita para el escudo y nada más.
Aquellos hombres fusilados no eran héroes progresistas bajo la lupa conceptual de hoy. Defendían un modelo burgués, un Estado liberal con sus grietas y un ideario ilustrado que a un ciudadano del siglo XXI le parecería tirando a moderado-conservador. Sin embargo, en aquel siglo XIX sepultado por el absolutismo, constituían una vanguardia dispuesta a jugarse la vida. Hoy resulta cómodo vestirse de gala para la foto institucional y aplaudir a los mártires una vez vencido el peligro. Que el monumento no se haya movido de su sitio sirve, al menos, como recordatorio permanente de que la libertad en esta provincia siempre dependió de unos pocos valientes y del silencio temeroso de la mayoría.
Auque ojo, que los realistas siguen al acecho, ocupando sillones, y dispuestos a robarnos el bien más preciado.