En toda aula escolar que se precie siempre ha existido la figura del niño repelente. Ese alumno de nombre entrañable, a menudo en diminutivo —llamémosle Julito—, que se sienta en primera fila con aire de no haber roto un plato en su vida. Parece el más bueno del colegio, la delicia de los profesores y el compañero inofensivo que jamás rompería un pacto de silencio. Sin embargo, cuando las cosas se tuercen en el patio y el profesor abre la libreta de sanciones, el benjamín del grupo resulta ser el primero en levantar el brazo y cantar la traviata para salvar su propio pellejo.
Eso es exactamente lo que ha ocurrido con el empresario Julio Martínez Martínez, conocido en los mentideros de la capital como Julito, aunque reconozcamos que tiene cara de pocos amigos, y ahí, oiga, tenemos que reconocer que se aparta un poco del perfil que les contaba. Durante años, pareció moverse entre bastidores con la discreción de quien actúa en silencio, pero al verse acorralado ante el titular del Juzgado Central de Instrucción número 4 de la Audiencia Nacional, el magistrado José Luis Calama, ha preferido soltar el lastre y apuntar directamente hacia arriba.
Lo verdaderamente desternillante de este sainete judicial no son solo los guarismos de las comisiones ni el rocambolesco rescate de la aerolínea Plus Ultra, sino el fino sarcasmo que deja la hemeroteca. No conviene olvidar aquel episodio en la Comisión de Investigación del Senado, cuando al expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, le preguntaron por Julio Martínez Martínez. Con esa calma tan característica suya, no dudó en catalogarlo públicamente como su «amigo».
¡Vaya, vaya con el amigo! De los que te felicitan el cumpleaños y te endosan ante el juez un esquema que roza los cuatro delitos penales. Hay amistades que matan, y luego están los amigos de conveniencia, de esos que surgen al calor de un lucrativo patrimonio inmobiliario —conviene recordar que la entrañable relación entre ambos cuajó allá por 2011 tras la compraventa de un inmueble en el municipio almeriense de Vera, previa mediación del ejecutivo Javier de Paz, aquel chavalín a quien entrevisté cuando era secretario general de las Juventudes Socialistas, sin más estudios universitarios ni historial laboral que el ser fiel a Felipe González, quien le fue colocando allá donde pudo—. Salir a correr juntos por las mañanas y compartir aficiones siempre resulta más estimulante cuando de fondo hay contratos de asesoramiento a razón de 5.000 euros al mes y mordidas del 1% sobre rescates públicos millonarios. Pero claro, cuando la Fiscalía Anticorrupción enseña los dientes, el sudor del running se transforma en sudor frío, y la lealtad corporativa se evapora más rápido que el agua sobre el asfalto del Cabo de Gata en pleno mes de julio.
Por lo demás, Julio Martínez Martínez tampoco ha inventado la pólvora en esto de irse de la lengua. Su maniobra no es más que la continuación de un clásico de la picaresca patria. Sigue la estela marcada por Víctor de Aldama en la trama que acorraló al exministro José Luis Ábalos, pero la hemeroteca demuestra que la vocación de chivato no entiende de ideologías ni de siglas partidistas. En las filas del Partido Popular, la figura del delator colaborador ha dejado grandes tardes de gloria para la judicatura: ahí quedó David Marjaliza en la trama 'Púnica', detallando cada mordida para aliviar sus cuitas penales, o José Luis Peñas, aquel concejal que grabó durante años a Francisco Correa para destapar las tripas del 'Caso Gürtel'. La diferencia es que a los chivatos del PP, el PSOE los indulta por entregar a corruptos, y a los chivatos del PSOE, el PSOE los considera corruptos... y corruptores.
La moraleja de esta historia vuelve a llevarnos directamente al patio del colegio. El chivatilla repelente, que fingía ser el más aplicado de la clase mientras repartía los encargos en el recreo, ha terminado confesando ante el magistrado que el verdadero jefe de la pandilla era quien le dictaba los pasos desde la mesa del fondo. Julito ha tirado de la manta, demostrando que la «amistad» dura exactamente lo que tarda en llegar una citación judicial.