Existe un viejo aforismo anglosajón, muy socorrido en el ámbito de la lógica y la libre sospecha, que sentencia: "Si camina como un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces es un pato". En la política española, sin embargo, nos intentan convencer a diario de que lo que tenemos delante no es un ánade, sino un cisne de una pureza inmaculada que, por azares del destino, a veces chapotea en el barro. Pero el sumario del 'caso Fontanera' —o 'caso Leire Díez', aunque a estas alturas de la película ya presenta la envergadura jurídica y mediática para ser bautizado directamente como el 'caso PSOE'— insiste en devolvernos el eco de un persistente cua, cua.
Los últimos titulares extraídos de la investigación de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil no dejan mucho espacio para la imaginación poética. Las conclusiones policiales apuntan a que el secretario de Organización del PSOE, Santos Cerdán, y la exparlamentaria vasca Leire Díez, presuntamente dirigían una suerte de "cloaca" interna dentro de la formación de Gobierno. ¿El objetivo? Blindar a toda costa los intereses del presidente del Ejecutivo central, Pedro Sánchez.
Pero antes probablemente el objetivo de todos esos enredos era la autoprotección de Santos Cerdán y compañía, y quisieron venderle la moto al presidente. Pero ni él ni nadie de su entorno les hicieron el menor caso.
Para los ciudadanos de la provincia de Almería, acostumbrados históricamente a ver cómo las grandes decisiones y las infraestructuras estatales se dilatan en el tiempo con la parsimonia de un quelonio, resulta fascinante observar la endiablada velocidad y eficacia con la que se despliegan estos mecanismos de fontanería partidista cuando el agua empieza a cotizar al alza en los despachos de Madrid.
La clave de bóveda de todo este entramado se condensa en una frase captada por los micrófonos de la Guardia Civil en las conversaciones intervenidas a la propia Leire Díez. La exparlamentaria admitía, con una clarividencia pasmosa, que "hasta que no habían tocado a la familia del Presidente, nadie les había hecho caso". Esa confesión es el verdadero epicentro del seísmo.
"Hasta que no habían tocado a la familia del Presidente, nadie les había hecho caso".
Ese "no les habían hecho caso" revela una cronología sumamente esclarecedora. Los indicios de la UCO sugieren que Santos Cerdán, Leire Díez y un selecto grupo de colaboradores habrían edificado un presunto entramado rastrero a costa de las siglas de su propio partido. Una red diseñada para defenderse de manera burda de las pesquisas judiciales y policiales que ya acechaban a su entorno por presuntos asuntos de corrupción. Al parecer, los fontaneros intentaron elevar las alarmas a los niveles superiores del aparato del PSOE, pero la respuesta inicial fue el silencio o la indiferencia. Nadie movía un dedo. El plan de contingencia estaba en barbecho.
Todo cambió, según se deduce de las grabaciones, cuando la presión judicial rozó el entorno familiar de Pedro Sánchez. En ese preciso instante, la maquinaria latente se activó con precisión quirúrgica. Santos Cerdán presuntamente puso toda esa red de contención, previamente ensayada, al servicio directo y exclusivo de la supervivencia del presidente.
La defensa oficialista argumentará, como mandan los cánones de la supervivencia parlamentaria, que el presidente no sabía nada, que todo responde a iniciativas hiperactivas de subordinados díscolos y que la ignorancia formal lo exime de cualquier responsabilidad. Es el clásico cortafuegos institucional. Sin embargo, cuando se constata la existencia de una red clandestina operada por la cúpula organizativa del partido, cuyo propósito unívoco es proteger los intereses del líder del Ejecutivo, y cuyos propios integrantes confiesan que solo se les dio luz verde y recursos cuando el peligro acechaba al entorno íntimo de la Moncloa... la teoría de la ignorancia selectiva se vuelve insostenible.
Las directrices del Gobierno, gestionadas a menudo con una alarmante miopía hacia las necesidades periféricas de comunidades autónomas como Andalucía, demuestran aquí una agudeza visual impecable para el autocuidado. Se mire por donde se mire, las pruebas calzan el mismo pie, tienen el mismo plumaje y emiten el mismo sonido. Nos dirán que es otra cosa, pero la realidad judicial insiste en que estamos ante un pato de manual.