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Libertad y justicia

sábado 09 de noviembre de 2019, 12:18h

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Soñamos de jóvenes con ser libres, con poder decidir el camino que queremos seguir, sin que nada ni nadie se interponga en nuestras vidas, salvo tus capacidades, tu ingenio, tu esfuerzo. Imaginamos una sociedad justa, igualitaria, donde todos tengamos las mismas oportunidades, donde nadie esté por encima de nadie, donde todos trabajemos por mejorar nuestra tierra, nuestra forma de vida, nuestro mundo. Juntos, todos a una. Así nos lo enseñaron los maestros y los curas. Bonitas palabras que nunca se creyeron, porque la realidad es otra.

Cuando crecemos nos damos cuenta que nunca seremos libres, ni que la justicia es igual para todos, por mucho que lo sigan predicando en los colegios y en las iglesias. Así ha sido a lo largo de la historia, y así seguirá siendo. Siempre puedes revelarte, pero entonces te marcarán para el resto de tu vida como el hereje, el revolucionario, el rojo, el jodido ecologista, e irán a por ti, para que dejes de hablar, de andar, de respirar. Eso es la vida, donde te siguen recomendado que pases desapercibido, que no levantes la voz más de lo establecido, que no te salgas del camino marcado. ¡¡Allá tú!! Te advierten a veces solo con una simple mirada.

A pesar de la, dura y cruel, realidad siempre hay personas que se siguen emocionando al escuchar las voces que se revelan y que cantan al viento, con la ilusión de que no perdamos la esperanza. Han sido muchas, pero estos días me viene a la cabeza la voz ronca de Labordeta, un hombre que predicó con el ejemplo y por lo que sus palabras deben ser escuchadas: “Habrá un día en que todos al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad”. Y sus voces, son la fuerza que los hace resistir, discrepar, pedir justicia, luchar contra la tala de los árboles centenarios de la Plaza Vieja, contra la retirada del Pingurucho.

El Monumento a los Coloraos, se ha convertido en un símbolo de la Ciudad de Almería, porque así lo quisieron sus ciudadanos, que sufragaron los gastos del primero que se erigió en Puerta Purchena en 1870, y el actual de la Plaza Vieja de 1988. Querían reconocer la valentía de aquellos hombres que quisieron ser semilla para acabar con el absolutismo de Fernando VII y defender la Constitución de 1812. Unos hombres que fueron fusilados por la espalda sin juicio ninguno, para que sirviese de escarmiento a todos, para que fuese el ejemplo de lo que te puede ocurrir si te revelas contra el poder. Unos hombres que aún sabiendo que ponían sus vidas en peligro, se echaron a la mar y desembarcaron en una tierra que no era la suya dispuestos a defender sus ideales de justicia y libertad. Lo hicieron por ellos, por ti, por todos.

Trasladar el Pingurucho, el símbolo del pueblo, es para mandarnos otro mensaje, como lo hizo la Falange en 1943 ante la visita del caudillo para inaugurar las casas de los pescadores. Es recordarnos que la historia se rescribe al interés del ganador, es demostrarnos quien ejerce el poder, por mucho pleno democrático en el que se votó. Si fuesen demócratas, por el bien de la ciudad, lo habrían recogido en su programa electoral, sacado a votación popular, defendido con argumentos prácticos, creíbles. Habrían buscado el consenso, el dialogo, el debate, evitando la división y la confrontación, porque esos tres votos de diferencia reflejan lo controvertida que es la decisión tomada.

Como la historia se repite una y otra vez, y en estos momentos donde las banderas que ya creíamos olvidadas vuelven a ondear sin pudor en el parlamento, el siguiente paso será la supresión del homenaje que cada 24 de agosto se celebra a los pies del monumento. Si consiguen, que aún está por ver, destruir y hacer una réplica del Pingurucho, se buscarán una buena excusa para no recordar aquellos mártires que lucharon por la libertad. Y puestos a adelantarnos a los acontecimientos, debido al verde que está manchando las sillas de nuestras administraciones, se tenderá a dar más realce al Día del Pendón, más acorde con los ideales que defienden.

Labordeta, en su canto a la libertad, escribe unas palabras que bien pudieron susurrárselas los fantasmas de los coloraos, que no eran rojos, o cualquiera de aquellos que murieron defendiendo la libertad y la justicia a lo largo de la historia: “También será posible que esa hermosa mañana ni tú, ni yo, ni el otro la lleguemos a ver; pero habrá que forzarla para que pueda ser”.

Forcémosla, que sea.