“A las personas migrantes y racializadas que, por favor, no nos dejen solas con tanto facha. Claro que sí, queremos que voten. Hemos conseguido papeles. ¡Regularización ya! Y ahora vamos a por la nacionalidad o a cambiar la ley para que puedan votar, por supuesto. Ojalá la teoría del reemplazo. Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora. Claro que yo quiero que haya reemplazo. Reemplazo de fachas, reemplazo de racistas, reemplazo de vividores, y que podamos hacerlo con gente trabajadora. Tenga el color de la piel que tenga, sea china, negra, marrona". Irene Montero dixit.
Lástima que el reemplazo no haya surtido efecto en la clase política actual. Atrás quedan políticos que dieron la talla tanto en el fondo como en las formas. Qué diferencia. Qué vergüenza y qué peligro encierran estas manifestaciones inherentes al odio, la cancelación social y el genocidio para el discrepante.
El actual hatajo que funge de estadistas y reformistas de pacotilla exhibe una estructura neuronal muy compleja, aunque las excrecencias intelectuales que evacúan candidatan inexcusablemente al frenopático. El reemplazo, así como el relevo generacional es un hecho probado en sociedades y culturas que se precaven de agentes desestabilizadores mediante la ley, el orden, el respeto y la solidaridad.
Nuestros abuelos heredaron de nuestros bisabuelos las experiencias y haciendas que, a su vez, llegaron hasta nuestros padres. Nosotros, sus hijos, recogimos el testigo de nuestros ancestros que durante muchos años se debatieron en sacrificios, esfuerzos, adversidades, guerras, injusticias… y alguna que otra satisfacción. Somos herederos de personas que sudaron con su trabajo para sacar adelante a sus familias con la intención de legar a la siguiente generación el valor del esfuerzo, la dignidad, la honradez, la educación y los valores materiales y espirituales. Y, si nadie viene a jodernos con sus imprecaciones, queremos que nuestros hijos y nuestros nietos puedan también vivir en un mundo donde el mérito, el trabajo, el esfuerzo, la honradez, la superación y la preservación de nuestros valores avancen con el paso de los tiempos hacia un mundo que, por supuesto, progrese sin la infecta alquimia que pretenden instilar desde la detentación de un poder orate, estólido, intervencionista y maniqueo. Y siempre entre la mentira y la manipulación. Siempre entre el dato y el relato. Siempre entre la doxa y la episteme.
Se habla de las personas “migrantes” como acreedores de todos los derechos; derechos que nuestros ancestros se ganaron con el apego a su tierra, a su pueblo, a sus gentes y a su cultura. No es homologable ese pretendido reemplazo de hoz y coz. El reemplazo se acredita con la integración, el respeto, la adaptación, el tiempo… y nunca con exigencias e imposiciones acuñadas bajo el mantra de la “interculturalidad”.
El neolenguaje orwelliano incorpora palabros que inducen a la autoinculpación del ciudadano. Se habla de migrantes, cuando migrante abarca tanto aquella persona que emigra de su tierra como la que inmigra hacia tierra extranjera. Se evita mencionar inmigrante ilegal porque las personas no son ilegales. Sin embargo, una persona que comete un crimen es un criminal; una persona que comete un asesinato es un asesino, una persona que comete un robo es un ladrón… y una persona que entra ilegalmente en un país es un inmigrante ilegal; es decir, un delincuente. Con estos precedentes, se van asumiendo comportamientos criminales que, desde el propio gobierno, se van modulando y adormeciendo para instalarse criminosamente con absoluta impunidad: La corrupción, la mentira, el odio, la revancha, la venganza, la desfachatez, la inutilidad y el sectarismo son ya de común asimilación por los ciudadanos. Y si muestras un ápice de discrepancia: racista, xenófobo, fascista, facha y todos lo marrones y marronas que puedas imaginar.
Me pregunto qué clase de gobierno es el que permite y banaliza algo tan flagrante como la masiva entrada ilegal en su propio país; país que, se supone, se rige por sus leyes que nítidamente explicitan la entrada ilegal como una vulneración de sus normas fundamentales. Se obvia el control y la información sobre individuos de los que se desconoce -ni se quiere saber- su posible trazabilidad criminal.
Sea la ignorancia suicida o una estrategia de mera supervivencia en el poder, la deriva es insoportable para la estabilidad de un sistema democrático devenido en autarquía y un Estado de derecho en derribo. Así, de este gobierno y de sus adminículos es más que necesario, es vital, el reemplazo.