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Despotismo poco ilustrado
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Despotismo poco ilustrado

Por Angel Rodríguez Fernández
martes 17 de marzo de 2026, 08:02h
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Un señor malencarado entra en una librería, se dirige al dependiente y le dice:
—Eh tú, mamarracho, asqueroso, ¿tienes el libro ese de ¿Cómo hacer amigos?

Este chiste podría simbolizar la relación de algunos políticos de izquierdas con su electorado. Incluso después de unas elecciones, las de Castilla y León, que los echan del Parlamento y los sitúan en la insignificancia social, las reacciones en redes sociales de esta secta es: “¡Malditos fachas castellano-leoneses!”.

Qué mal votan los castellano-leoneses, y los gallegos, y los extremeños, y los aragoneses… Muchas son las elecciones, repartidas por todo el territorio, las que ponen de manifiesto lo que era obvio para el común de los mortales: aquellos que trabajan, pasean, van al bar o al mercado.

Las meteduras de pata que se aceleraron a partir de la amnistía traerían su castigo. Muchos nos olíamos desde hace un tiempo que esto conduciría a la izquierda a un páramo. Ayer Antonio Maestre cayó en la cuenta: “Lo que hay ahora mismo a la izquierda del PSOE es un erial”.

Una izquierda que ha practicado el “despotismo poco ilustrado”, ha pactado desigualdades territoriales y amnistías en contra de la opinión popular, en contra de sus propios programas. Por entonces las elecciones eran recientes y pensando que las siguientes tardarían en llegar, se pusieron manos a la obra comprando voluntades.

Pero ya están aquí, y acumulan un montón de podredumbre (uso patrimonial de las instituciones, nepotismo, corrupción, alteración evidente de sus principios) que la ciudadanía se niega a tragar. Y llegó Rufián diagnosticando una enfermedad que él mismo se ocupó de inocular, en esa paranoia de bombero y pirómano a la vez, como es el caso del reparto de financiación autonómica siguiendo el principio de ordinalidad —o no— que, en su forma más marxista —no de Carlos, sino de Groucho y Chico— explicó Montero, ahora candidata a la presidencia autonómica en Andalucía.

Verdaderas piedras angulares, junto con la autoamnistía, de la actual situación electoral de la izquierda, pero que, ciegos, los profetas no quieren ver. Buscan las migajas de un nicho electoral que ha desaparecido, en la tan deseada unión de la izquierda o en un candidato más o menos presentable

“¡Que viene la derecha y la ultraderecha!”. Ya no es suficiente. Suena a cuento del lobo: llegará el lobo y se nos merendará, y entonces habrá que repartir culpas o empezar a asumirlas, mientras intentemos al menos fastidiar la digestión al lobo. Se ha usado el apelativo fascista con la alegría de un difamador, esperando que su voz quede por antifascista por encima de los que simplemente disienten. Apelando a la disciplina se han ido cayendo tantos que ahora, con tan pocos, la disciplina ya no hace ni falta.

Una retahíla de políticos que ahora son veneno para la urna: Iglesias, Montero, Belarra, Echenique… Empezaron por mentirnos con aquello de la transversalidad: nada de la vieja política de derechas e izquierdas, solo arriba y abajo; pero debajo de su piel de elegantes transversales estaban los viejos bolcheviques estalinistas. Esta es una izquierda en vías de putrefacción de la que ya huía el PCE en 1956 cuando hablaba de reconciliación nacional. Hoy, para estos nostálgicos de los muros, Carrillo sería un fascista más.

Me gusta este término de “despotismo poco ilustrado”, que pone nombre a la deriva a la que unos majaderos admiradores de Putin, Maduro, los Castro o los Jamenei han llevado a la izquierda, de la mano —y es una pena— del sanchismo, a este precipicio para algunos inesperado. Qué cosas.

En otro artículo hablaba sobre la ética de Anguita, ética que impidió su entrada en los gobiernos de Felipe, privando a sus camaradas optar a algún ministerio, pero que protegió a la izquierda del hedor circundante. La herencia de Carrillo, Gerardo Iglesias y Anguita se la han cargado, en colaboración con el sanchismo y sus cambios de opinión.

Cuando Yolanda buscó en el delincuente Puidemon los votos que faltaban, a modo de preámbulo de los contactos y firmas Cerdán-Puidemon, estaba poniendo las bases para este erial. Estaban acabando con la sal de la tierra que tanto preocupó a Anguita: ahora tierra estéril en la que sólo germina el odio.

Ojalá algún proyecto, alguna idea, fuera de búnkeres, al margen de intereses internacionales, con la mirada hacia la izquierda, y aspiración de llegar a la mayoría, pueda volver a dar contenido a palabras como igualdad, solidaridad, feminismo o ecologismo. Mientras tanto, observaremos. Nos han hecho descreídos y necesitaremos ver para creer. La ciudadanía —la que no dramatiza, la que no muere en un grito sino que vive sin desgañitarse— los observa.