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¿Cuál es la alternativa?
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¿Cuál es la alternativa?

viernes 03 de julio de 2026, 16:03h
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Los partidos pequeños no son pequeños por vicio. No lo son por sino. Ni por deseo propio; ni por maldición del destino. Los partidos considerados pequeños son “pequeños” porque reciben menos votos que los considerados “grandes”. Y los votos se traducen en dinero y en notoriedad, en atención por parte de los medios de comunicación, en mayor facilidad y en credibilidad en proporción al número de votos obtenido. Más aún cuando son maltratados y vilipendiados por los grandes, atacados con violencia verbal y denunciados, no en busca de una sentencia condenatoria, pues sólo buscan la imputación, maniobra muy en boga últimamente, para provocar su desprestigio. Porque el mecanismo de esos denunciantes es conseguir que un juez admita la denuncia, sabedores de tener dispuesto más de uno, para de inmediato empezar a acusarles como si ya hubieran sido condenados. “Denuncia, que algo queda”. Normalmente no es “algo”, es bastante. Porque aunque al final se demuestre su inocencia, ese final es largo y la denuncia ya ha hecho efecto. Peor aún, porque una mayoría es muy rápida para aceptar la acusación y recrecerla, pero muy lenta para reconocer la sentencia absolutoria y con ella el desmentido de la acusación. En ese momento parecen haber olvidado su propia culpa al seguir a los acosadores sin pruebas. Preguntémosle a PODEMOS, que todavía está pagando la mala fama propagada por varias denuncias falsas, por las que los denunciantes, contrariamente, no han respondido, no han pagado, hasta el momento.

Este tipo de denuncias aceptadas por algún Juez en contra de la recomendación del Supremo, y no satisfechos con aceptarla, dedicados a buscar como sea pruebas inculpatorias, está haciendo grave mella en partidos y personas progresistas, al menos en apariencia. La corrupción en la derecha, desde PSOE a Vox, es sintomática. Pero al primero le ha tocado ahora pagar todas sus culpas. Las actuales y las de sus antepasados, porque el tiempo de Felipe González “fue otro”, por fortuna para él y los suyos. Y es que no hay mejor manera de simpatizar con los poderes fácticos, sobre todo el judicial, el más visible, que defender al gran capital, colaborar con él, arruinar a la “patria” sustentada en la muñeca, pero sólo en la muñeca para seguir la política marcada por el gran gendarme, el amo, el dueño de nuestras vidas y haciendas, como una nobleza mayestática trasladada desde la Edad Media.

En resumen, está siendo castigado por todo lo que se le había disculpado antes, justo ahora, cuando un gobierno se acerca ligeramente, mínimamente, tímidamente a lo social, forzado por la minoría imprescindible para evitar un gobierno de la más antisocial ultraderecha de Europa. Como dicen que todo se pega, ojalá a Sánchez y el resto de su equipo se le hubiera pegado algo de los grupos de la coalición. Solamente de los que tendría algo aprender, no de quien como Junts, ya se ha cansado de un amago de progresismo nunca sentido ni practicado.

Hay algo peor: el estrato defensor de la verdadera democracia, la gente progresista que, al igual que la parte correspondiente de la Justicia, ignora las maniobras, incluso quien las sufrió, incluso con mayor virulencia, parecen querer quedar bien sumándose a las acusaciones. Una cosa es exigir que quien la haga la pague, pero siempre, y otra muy distinta apoyar el lafware ya sea practicado en mayor o menor medida.

Hay una verdad incuestionable: El PSOE no es el partido que necesitamos. Y quien escribe tiene sobrados motivos morales, políticos y personales, para pregonarlo, pues, como el chiste de Lourdes, sólo no han conseguido dejarlo embarazado. Pero hay algo peor: un gobierno de Vox. La única forma de conseguirlo es cambiar papeles: que los actuales grandes partidos: PP, PSOE y Vox, sean pequeños, y lo actuales pequeños: Podemos, Adelante Andalucía y alguno más, se hagan grandes. Pero eso no lo pueden conseguir los propios partidos. Sólo los votantes pueden forzar el cambio.

Hay quien lleva más de cincuenta años predicando en el desierto, porque la mayoría aspira a obtener un concejal en el pueblo más pequeño, antes que a informar y formar al votante “porque ese trabajo es muy lento”. Lo es, efectivamente, llevar a una mayoría a comprender la maldad del bipartidismo, a diferenciar, a analizar para entender que la palabra del político carece de valor, que donde se demuestra su carácter es en su voto y en su acción, es lento. Pero decir, como vienen diciendo hace setenta años “Cambiaremos esto cuando cojamos el poder” es una entelequia, una quimera, si no es una terrible falsedad bien vendida.

Rafael Sanmartín

Estudió Filosofía y Marketing y es especialista en Historia. Ha trabajado en prensa, radio y TV. Obtuvo el premio 'Temas' de relato corto por El Puente (1988), así como el '28-F' (2001), por La serie La Andalucía de la Transición, emitida por Canal Sur Televisión. De su producción literaria cabe destacar: El País que Nunca Existió (1977), El Color del Cristal, novela (2001), La Importancia de un Hombre Normal, que narra la biografía de Blas Infante, (2003), Historia de Andalucía Para Jóvenes (2005), Grandes Infamias (2006) y De Aquellos Polvos... La Autonomía y sus orígenes históricos (2011) Para el autor "la Historia es el espejo donde podemos vernos y conocernos, aunque, como está escrita por los vencedores, debe analizarse con espíritu crítico para poder interpretarla".