El Grupo Municipal Socialista acaba de protagonizar una sesión plenaria digna de encomio. En primer lugar, define la movilidad en Almería como un caos. Esta afirmación coincide con obras que, al unísono, se llevan a cabo en importantes arterias de la ciudad: Puerto-Ciudad, soterramiento de las vías del tren, reconfiguración de la avenida del Mediterráneo, adecuación del puerto, reforma integral del paseo de Almería… y otras obras derivadas del mantenimiento rutinario y un sinfín de averías provocadas por los recientes temporales. En definitiva, el PSOE municipal ha acertado: la movilidad en Almería es un caos. O sea, ha puesto un huevo plenario.
Ante la obviedad pronunciada por las distintas disfunciones e incomodidades que repercuten en la movilidad, el PSOE emprendió su particular proceso creativo aportando delirantes soluciones.
Comencemos por la nueva normativa para regular el uso de los patinetes eléctricos. Lo primero que dice el PSOE es que el gobierno municipal no sabe hacer otra cosa que sancionar y prohibir. Y esto lo dice el partido del Gobierno de España, campeón en prohibiciones. Estamos a punto de presentar instancias, DNI, pasaporte, escritura de propiedad y la marca del papel higiénico para acceder a internet o a las redes sociales y, en su defecto, Pedro Sánchez quiere prohibir algunas de estas populares redes sociales en función de los “fachas” -tecnoligarcas- que las controlan. Pero los concejales del partido prohibicionista se muestran contrarios a que los usuarios de patinetes eléctricos se rijan por normas y obligaciones como nos ocurre a cualquier usuario que discurre por las vías urbanas. Parece razonable que todos los que usan el mismo tablero de juego se atengan al mismo reglamento.
Si los patinetes y las bicicletas utilizan las mismas vías que utilizan los coches y las motocicletas, es lógico que tengan todos las mismas normas, identificación, seguro y licencia de circulación.
Hemos invertido, mejor dicho, gastado un dineral en el carril bici para que se pueda observar la presencia de auténticos pelotones ciclistas en vías urbanas e interurbanas; eso sí, ignorando el carril bici, que parece reservado para los cuatro tontos que de él hacemos uso. Una norma, que el ayuntamiento no ha provisionado, consistiría en la obligatoriedad del uso del carril bici cuando este esté presente; que para eso lo hemos pagado y, además, ha limitado las plazas de aparcamiento y dificultado el acceso a inmuebles y establecimientos comerciales.
La “Vuelta Ciclista” en la carretera de la costa (por la universidad) es uno de los eventos más peligrosos para ciclistas y otros usuarios de esta y otras vías en las que nos podemos topar con agrupaciones de quince, veinte o treinta ciclistas; eso sí, perfectamente pertrechados: culotte, maillot, casco y gafas aerodinámicas. Algunos pelotones, en animada conversación, ocupan la totalidad del carril, aunque sólo se permite la fila de a dos. Así, un adelantamiento es suicida, y los autobuses urbanos y otros vehículos han de ajustar la velocidad y la paciencia al antojo de estos deportistas. Y es eso lo que aducen: “tenemos derecho a practicar nuestro deporte”. Pero ese argumento no sería tan válido para los practicantes del noble y olímpico lanzamiento de jabalina en la vía pública. Si se quiere hacer ciclismo en pelotón que se organicen, lo supervise la Guardia Civil de Tráfico, se adopten las medias de seguridad, se informe de tal evento y se paguen los gastos derivados de esa práctica; tal que se paga por las prácticas deportivas realizadas en canchas, recintos, campos y otros espacios que no interfieren o ponen en riesgo a los ajenos a esas actividades.
Otro de los graves peligros -en esto el ayuntamiento ayuda- consiste en hacer coincidir el carril bici con los pasos de cebra ¡sin semáforo! Esto es una barbaridad. Y es el propio ayuntamiento el que hace “docencia” de este dislate. Así, los usuarios del patinete y la bici cruzan los pasos de peatones a bordo de su vehículo porque tienen interiorizado que es así, ya que es el propio ayuntamiento quien diseña esa aberración. No todo es un caos por las obras ni por el prohibicionismo. El caos no sobreviene porque sí. Hay quien apuesta y se esfuerza por sublimar el caos.