En los Estados Unidos de 2026, las cenas de gala de corresponsales en la Casa Blanca tienen un menú que incluye, además de langosta fría y chistes malos, un par de cargadores del calibre nueve milímetros. Lo del pasado sábado en el hotel Washington Hilton no fue solo un recordatorio de que la seguridad del Estado más poderoso del mundo tiene más agujeros que un queso de Alboloduy, sino la confirmación de que Donald Trump ha decidido que su biografía ya no cabe en los libros de historia, sino en el santoral. El cuadragésimo séptimo presidente —y también cuadragésimo quinto, para regocijo de los amantes del bucle— ha salido indemne de su tercer intento de asesinato, elevando su aura de invulnerabilidad a niveles que ni el plástico de un invernadero de El Ejido en pleno agosto logra resistir.
El protagonista de la infamia esta vez ha sido Cole Tomas Allen, un tutor y desarrollador de videojuegos de 31 años que, lejos de ser el villano de una película de serie B, resultó ser un graduado del California Institute of Technology. El joven, que se autodenominaba el "Asesino Federal Amistoso" en sus escritos, decidió interrumpir la cena de corresponsales de la Casa Blanca a base de plomo. Afortunadamente, la puntería de los ingenieros suele ser mejor con la regla de cálculo que con la pólvora, y el único que acabó con un recuerdo en el pecho fue un agente del Servicio Secreto, salvado por su chaleco.
Lo fascinante no es que Donald Trump sobreviva —al fin y al cabo, ya sabemos que tiene más vidas que un gato en el barrio de El Zapillo—, sino la interpretación mística que él y su entorno hacen de la carambola. El líder republicano ya no se conforma con ser el inquilino del Despacho Oval; ahora flirtea con la divinidad con una falta de pudor que roza lo cómico. Solo hay que recordar esa imagen generada por inteligencia artificial que tuvo que retirar de la red social X (la antigua Twitter de Elon Musk) tras el cabreo monumental de la comunidad católica. En ella, un Trump de túnica blanca y mirada de mesías sanaba a un enfermo entre orbes brillantes y ángeles que, sospechosamente, se parecían a cazas de combate. "Es que soy yo como médico, curando a la gente", dijo con su habitual modestia, mientras el Papa León XIV —primer pontífice estadounidense, para más señas— le miraba desde el Vaticano con la misma cara que se nos queda en la provincia de Almería cuando nos prometen el AVE para el año que viene.
Esta deriva teocrática no es nueva. Hace apenas unas semanas, la Casa Blanca distribuyó imágenes de una sesión de "imposición de manos" sobre el escritorio Resolute. Allí estaban Robert Jeffress, Samuel Rodriguez, Greg Laurie y Tom Mullins, pastores evangélicos que rodeaban a Trump como si estuvieran conjurando un hechizo de protección de nivel diez. Según ellos, el presidente es un instrumento de Dios; según el propio Trump, tras el ataque de Cole Tomas Allen, él es directamente el escudo de la cristiandad.
Lo más hilarante —o terrorífico, según el nivel de sarcasmo que uno maneje— es que Donald Trump se ha apresurado a declarar que el atacante "odiaba a los cristianos". Es un argumento brillante por su absoluta falta de relación con la realidad. En el manifiesto de Allen, el joven se despacha a gusto contra las políticas de la administración, pero no menciona la religión ni para pedir un vaso de agua. No importa. En la cosmología de Mar-a-Lago, si alguien intenta disparar al presidente, no está atacando a una figura política del Estado, sino que está cometiendo un sacrilegio contra el defensor de la fe.
Donald Trump ha superado a Ronald Reagan en el número de veces que ha jugado al escondite con la parca, pero Reagan al menos tenía la elegancia de contar un chiste en el quirófano. Trump prefiere el martirologio digital, vistiéndose de Papa por IA o presentándose como una figura celestial rodeada de águilas y fuegos artificiales. A este paso, en su próxima visita oficial al Estado español, no pedirá una reunión con el Rey o el Presidente del Gobierno, sino que exigirá que le canonicen en vida.
Queda la sensación de que para Donald Trump la presidencia es solo un paso intermedio. Después de sobrevivir a tres atentados, de verse rodeado de pastores en trance y de jugar a ser el médico de almas en las redes sociales, el mensaje está claro para sus fieles: no le llamen Donald, llámenle simplemente Dios. Aunque en Almería, donde somos más de tierra y menos de nubes, sepamos que hasta los dioses de barro se resquebrajan cuando el sol aprieta demasiado.