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#COVID19 día 24
Homero no tiene qué comer

martes 07 de abril de 2020, 16:38h

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Qué les voy a contar que no sepan a estas alturas del confinamiento, que no hayan sufrido en sus propias carnes, pero como no salgo al balcón a hacer nada original con lo que sorprender a mis vecinos como un animador de hotel todo-incluido que parece ser la moda, pues permítanme que al menos me desahogue.

Sé que en estos momentos habrá monologuistas en sus casas afilando sus lápices y sus lenguas para los shows que están por venir, con temas como hacer la compra en estos días, pero no es mi prosaico caso. No busco ser ingenioso porque sencillamente me tiene agotado llenar el carrito del supermercado, sea del modo que sea, presencial o virtual. Imagino lo duro que debe ser hacerlo, y además, guionizar una serie para la televisión públlica que lave la imagen de la mala gestión gubernamental echándonos unas risas con más de 13.000 muertos, y todo en la misma pantalla.

Convencidos de que no habría desabastecimiento, en casa no hicimos acopio de ningún producto, por lo que apenas uno o dos días después del Decreto de Estado de Alarma, fui a comprar, solo, claro, no vaya a ser que si me acompaña mi esposa o yo a ella, nos contagiemos el uno al otro en el trayecto, ya que compartir 24 horas de confinamiento no suponen un riesgo de transmisión si es en casa, pero en el coche sí.

Admito que iba con cierto temor a ser parado por la Policía, a quien podría justificar mi salida a la vuelta, con el vehículo cargado de bolsas, pero no a la ida, sin más salvoconducto que una lista manuscrita de productos.

Cogí un carro y me dirigí hacia la entrada, gratamente sorprendido por la poca afluencia de gente, hasta que casi impacta en mi cara la mano que en señal de stop me colocó el vigilante de seguridad a modo de ojo polifémico.

-¿Dónde va?

-A comprar –acerté a responder con incredulidad a la pregunta-.

-¿Ha hecho cola? – me interrogó mientras señalaba a mi espalda-.

Giré la vista y descubrí no menos de una veintena de personas con sus carros esperando turno, pero tan distanciados unos de otros que no me había percatado de que formaban una única fila para acceder al supermercado.

Pedí disculpas por mi despiste y di media vuelta para ocupar mi sitio, mientras observaba que la casi totalidad llevaba mascarilla y guantes, a pesar de que cuando finalmente llegó mi momento, vi que a todos ellos les hacían volver a cubrirse las manos con los que habitualmente se usan para coger la verdura.

La medida era lógica, y mientras recorría los lineales encontrando casi de todo lo que llevaba anotado, e incluso permitiéndome alguna alegría personal –la lata de la cerveza más cara que había, para qué les voy a engañar- y otra para mis hijos –donut y palmeras de chocolate-, tuve justificación visual de por qué no se recomendaba el uso de mascarillas y guantes de modo generalizado.

No me refiero solo a la lucha titánica para poder hacerse con estos elementos de protección que, según veo, tiene todo el mundo menos nosotros, sino a la pelea para abrir una de esas bolsas finas que hay en la zona de frutería, con los guantes puestos; me refiero a que la gente lo tocaba todo con ellos, y luego se reajustaba la mascarilla, se tocaba los ojos, y eso sin mencionar cómo había visto que se lo ponían o quitaban al entrar o salir, pasándose por boca y nariz la mano enguantada para retirarse la mascarilla, y sacándolo todo o guardándolo en los bolsillos o en el bolso para un uso posterior.

Sinceramente, pensé que los poquísimos compradores que no usábamos mascarilla nos encontrábamos más protegidos que quienes las tenían puestas, y que quienes no llevábamos guantes de casa, corríamos menos riesgos de transportar el posible contagio a nuestro hogar, que quienes habían sido tan previsores como para hacerse con estos equipos.

Tras la odisea, pagué desde el reloj, y en el coche de vuelta a Ítaca, pensé que pronto tendría que regresar para comprarle una tarta a mi Penélope por su cumpleaños en cuarentena.

Rafael M. Martos

Editor de Noticias de Almería

Periodista. Autor de "No les va a gustar", "Palomares en los papeles secretos EEUU", "Bandera de la infamia" y de "Más allá del cementerio azul".