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El ingeniero Rufián

El ingeniero Rufián
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Por Rafael M. Martos
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sábado 21 de febrero de 2026, 06:00h
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Hay que reconocerle a Gabriel Rufián una virtud casi mística: su capacidad para la ubicuidad temporal. El hombre que en 2015 aterrizó en el Congreso de los Diputados prometiendo que solo se quedaría dieciocho meses —porque la República Catalana era cosa de un cuarto de hora—, ha cumplido ya una década larga en el asfalto de Madrid. Y no solo no se ha ido, sino que ahora, en febrero de 2026, ha decidido que su nueva misión divina no es sacar a Cataluña de España, sino salvar a la izquierda del Estado de sí misma.

El escenario para tal epifanía no podía ser otro que la Sala Galileo Galilei. Allí, entre ecos de canción de autor y copas a precio de capital, el portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) presentó esta semana su receta mágica para la unidad. Lo acompañaba Emilio Delgado, portavoz de Más Madrid en la Asamblea, en un diálogo titulado con esa pomposidad tan propia de la izquierda: "Disputar el presente para ganar el futuro". El problema es que, para ganar el futuro, Gabriel Rufián propone una aritmética que en la provincia de Almería conocemos bien, pero por lo trágico: rebañar restos.

Resulta tierno, casi conmovedor, ver al "salvador" intentando coser un traje con retales cuando ni siquiera ha podido convencer a los de su propia casa. Al acto de la Galileo no fue Oriol Junqueras, que parece tener otras prioridades, ni tampoco se asomó Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del Gobierno y líder de Sumar, que prefirió ver los toros desde la barrera de la agenda institucional. Incluso sus antiguos socios de Podemos, con Pablo Iglesias e Irene Montero a la cabeza —a quienes Rufián dedicó loas de "imprescindibles"—, siguen a lo suyo.

¿Cuál es el gran plan del profeta de Santa Coloma? No se trata de ilusionar, ni de ofrecer un mensaje renovado que saque al votante del letargo. No. Su propuesta se basa en la pura "ingeniería electoral": que los catorce partidos a la izquierda del PSOE pacten dónde presentarse y dónde no para que los restos de votos no se pierdan en el sumidero de la Ley D'Hondt. Es la política entendida como un Excel de supervivencia. Ganar, dice él, pero ganar "a lo Pedro Sánchez": no por convencer a más gente, sino por sumar escaños suficientes para que las cuentas cuadren en el Estado, aunque sea por los pelos y con el aliento de la derecha en la nuca.

Lo que más escuece de esta "nueva" oferta es su absoluta falta de novedad. Escuchar a Gabriel Rufián hablar de "bloque histórico" y "generosidad inédita" es como ver una reposición de una serie que ya cancelaron tres veces. El mensaje es el mismo que llevamos oyendo desde que la izquierda alternativa entró en barrena: "si no nos juntamos, viene el lobo". Pero el lobo ya conoce el camino y la izquierda sigue discutiendo sobre el color de las siglas mientras Rufián se abraza a los de Más Madrid, los únicos que parecen haberle comprado la entrada para el espectáculo.

"Para repetir lo que ha sucedido estos seis años se necesita orden", soltó el portavoz de ERC.

Traducido al cristiano: "Sigan votando lo mismo, que yo les apaño la suma en el despacho". Es una propuesta de una tristeza infinita. En lugar de un proyecto que ilusione a las provincias —donde Vox, según el propio Rufián, se lleva los escaños por nuestra fragmentación—, nos ofrece un pacto de rentistas políticos que solo buscan mantener el coche oficial un par de años más.

Llegados a este punto, uno se pregunta si no sería más sencillo que el "Salvador de la Izquierda Española" centrara sus esfuerzos en su propia Comunidad Autónoma. Si tanto le preocupa la pérdida y el avance de la derecha, quizá debería explicar por qué Cataluña sigue en ese bucle melancólico del que él mismo prometió sacarlos en año y medio.

Gabriel Rufián ha pasado de ser el heraldo de la independencia a ser el contable de la izquierda plurinacional en Madrid. Una evolución fascinante: de querer romper el Estado a querer gestionarle las sobras electorales. Al final, lo de la Sala Galileo no fue una presentación política, fue una sesión de espiritismo donde se intentó invocar a la unidad con el mismo discurso desgastado de siempre. Y ya saben lo que pasa con los fantasmas: que asustan al principio, pero terminan siendo transparentes.

Rafael M. Martos

Editor de Noticias de Almería y Coordinador de la Delegación en Almeria de 7TV Andalucía

Periodista. Autor de "No les va a gustar", "Palomares en los papeles secretos EEUU", "Bandera de la infamia", "Más allá del cementerio azul", "Covid19: Diario del confinamiento" y "Por Andalucía Libre: La postverdad construida sobre la lucha por la autonomía andaluza". Y también de las novelas "Todo por la patria", "Una bala en el faro" y "El río que mueve Andorra"