Gobierne quien gobierne los derechos se defienden, es un mensaje genialmente admirable para su uso correcto. Porque aunque en la lengua cada palabra tiene su encaje justo, la imaginación, la búsqueda de recursos o, como se dice vulgarmente “arrimar el ascua a su sardina”, lleva a adjudicarles un sentido, un significado distinto del originalmente puesto en su contenido. Después de más de sesenta años en la defensa de la democracia, el socialismo y, como parte de él, la defensa de los derechos de Andalucía, se supone otorgarán a este comentarista cierta seguridad de ideas, algo así como un “pedigrée” de ecuanimidad ante los bloques estratégicos, porque ya no vale hablar de “políticos” ni siquiera de “ideológicos”.
La mayoría es exigente, quizá en uso de su derecho, pero no es cierto el dicho la libertad de cada uno termina donde empieza la de los demás. Más cierto es que la libertad no puede terminar. Mejor cabe decir “la libertad que pretenda disminuir o anular la de los demás, no es libertad”. Así que la exigencia también debe ser controlada por el propio exigente, para no sacar las cosas de su justa posición. Esto viene a decir que con la frase “gobierne quien gobierne los derechos se defienden”, se expresa el deber de reclamar justicia con independencia de quien esté en el poder. Sería —muchas veces lo es— contradictorio y hasta traición a las ideas propias, callar cuando un gobierno o un gobernante gozara de nuestra simpatía.
Pero en el campo de la medida, de la justeza al pedir Justicia, es muy importante no errar, pues si se exige a quien no tiene poder, se podría debilitar la ya escasa fuerza del reclamado; eso sería condenarlo. Precisamente lo hecho por el electorado con el PSA, por citar un caso de quienes dejaban de votar al PSA-PA “porque no hacía nada, era como los demás”, decían. Exigían al partido minoritario en el Congreso todo cuanto le era imposible dar. Y más, incluso, de lo exigido a quienes sí ostentaban el poder. Pero al exigirles al pequeño dejaban indemne, libre de culpa al verdadero culpable. A quien tenía el poder.
Es algo parecido al cambio radical de Junts, al dejar al gobierno “porque Puigdemont no puede volver”. Lo más grave es esa posición por parte de quienes saben que el impedimento al regreso de Puigdemont no viene del gobierno. Sin embargo, Junts no ha dedicado ni una palabra a los jueces que se han negado a cumplir la ley de Amnistía, olvidando que su misión es cumplir las leyes, no imponerlas ni aceptar solamente las de su gusto, ni a quienes han votado contra esa Ley.
El gobierno está en minoría porque no ha obtenido votos suficientes, situación ideal para la democracia, pues las mayorías absolutas con frecuencia se convierten en dictaduras encubiertas. El gobierno de coalición, en cambio, amplia la representatividad, porque exige acuerdos entre sus miembros, a su vez representantes de sus respectivos votantes. Es curioso, pero esos mismos exigentes o muchos de ellos y ellas, tienen una forma muy especial de interpretar el respeto al elector. “”Eso no se puede decir”, afirman cuando se recuerda la responsabilidad de quien emite su voto. Pues no hay otra: cuando se acierta y cuando no, cuando después de elegido un gobierno gusta o no gusta, la responsabilidad es de quien lo ha elegido. Si no “se debe” recordar al votante su error y al mismo tiempo reclama con energía a un gobierno sin la fuerza suficiente porque alguno de sus socios no coincida plenamente en determinados supuestos ¿qué hacer? El “nosotros no tenemos nada que ver con eso” abunda en la excusa de quien de esa manera se cree, o quiere creerse “más” imparcial que el vecino. Sin embargo, no pasa de pretexto para justificar su inacción, porque sabe que su reclamación es un arma para quien, precisamente, ha votado en contra con el único objeto de debilitar al gobierno. En la práctica, por tanto, y aun cuando no se intentara, exigir a alguien algo que no puede dar es fortalecer a quien en puridad impide que lo de.
Ya sabemos, por boca de la filosofía, que lo peor de todo es la indiferencia, la actitud negativa vestida de ecuanimidad. Y es, también, apoyar a quien lo impide con su voto. Porque ¿qué se puede esperar, cuando se reclama a alguien cuya imposibilidad de hacer lo que se le pide ya es más que sabida?