A veces, para entender lo que pasa al otro lado del charco, hay que sentarse a escuchar a quienes han hecho de nuestra provincia su refugio, pero no su olvido. Tuve la oportunidad de charlar en el programa El Debate de 7TV Andalucía con Delvia Regina Martínez Pérez, abogada, y con Franklin Rivero, también abogado y vicepresidente de la Asociación de Venezolanos Amigos de Venezuela Puerto Carrero Almería. Lo que iba a ser un análisis jurídico y político terminó siendo una lección de supervivencia y, sobre todo, de eso que ahora los modernos llaman resiliencia, pero que en Almería siempre hemos conocido como tener más aguante que un puntal.
Si no han visto la charla, busquen el enlace. Es instructiva porque despeja las dudas que, desde la comodidad de Europa o la ceguera ideológica de cierta izquierda en España, se suelen verter sobre el drama venezolano.
Resulta fascinante observar cómo los venezolanos han llegado a un nivel de pragmatismo casi bíblico. Me quedó claro que, tras años de democracia usurpada y libertades confiscadas, están dispuestos a pasar por el aro de Donald Trump si eso significa recuperar su país. A estas alturas, cuando se les advierte con tono paternalista que el inquilino de la Casa Blanca solo quiere "llevarse su petróleo", ellos responden con una lógica aplastante: para que se lo sigan llevando los rusos, los chinos o los cubanos sin dejar ni las raspas, que lo gestione quien, al menos, pueda pilotar una transición hacia algo que se parezca a la libertad.
La actualidad manda y los datos son tozudos. Tras la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero y su traslado a Nueva York, la figura de Delcy Rodríguez, ahora como presidenta interina designada por el TSJ, se erige como el último rostro de un régimen que intenta mutar para no morir. Sin embargo, para los venezolanos con los que hablé, la prioridad no es quién hereda el despacho, sino que no estalle una guerra civil. Con un ejército en manos del chavismo y milicias populares armadas hasta los dientes por el Gobierno, el miedo a un baño de sangre es real. Por eso, que Estados Unidos tutele este proceso se ve más como un mal necesario que como una invasión; es, sencillamente, la búsqueda de una salida que no pase por el enfrentamiento armado.
Sorprende, por no decir que indigna, la ceguera de esa izquierda que sigue defendiendo el modelo venezolano por una supuesta afinidad ideológica. La realidad es que Venezuela es un país inmensamente rico en recursos naturales que ha conseguido la proeza matemática de que su población pase hambre. No hay embargo que valga para explicar por qué no funciona la sanidad o la educación mientras el aparato policial y militar goza de una salud de hierro. Es, lisa y llanamente, el crack de un sistema que solo produce miseria y control social.
Franklin y Delvia me hablaban de un sistema donde cualquier policía puede requisarte el móvil por la calle para revisarte las fotos o los audios de WhatsApp. Un meme, una opinión o un contacto "inadecuado" puede ser el pasaporte directo a El Helicoide. Ese edificio que nació para ser un centro comercial de lujo en Caracas y que el chavismo ha convertido en la catedral de la tortura y la represión.
Los venezolanos no se rinden. Aplican ese eslogan que tanto gusta a la izquierda (¡aquí no se rinde nadie!), pero lo hacen contra quienes dicen representarla. Desde esta provincia, que sabe bien lo que es prosperar a base de esfuerzo y condiciones adversas, solo queda desearles que esa transición, por muy tutelada que esté por Washington, les devuelva el derecho a decidir su futuro sin miedo a terminar en un calabozo por un mensaje de texto. Ojalá los que tenemos dudas nos equivoquemos y ellos acierten en su esperanza.