La RAE define “vicio”, en su primera acepción, como inclinación de una persona a realizar actos contrarios a la moral establecida; y, en su segunda acepción, como mala costumbre.
Recuerdo, siendo muy niño, oír a mi abuelo decir que tal o cual persona era una “persona viciosa”, sin concretar la supuesta mala costumbre. Atando cabos, llegué a comprender que se refería a su homosexualidad, vista como vicio por una sociedad que aceptaba a “regañadientes” la sexualidad como puente hacia la procreación y siempre desde el sagrado vínculo del matrimonio.
Las sociedades se transforman: aparecen y desaparecen lo que entienden por malas costumbres, esto es, como vicios. Todos tenemos nuestros vicios, más o menos secretos. Yo mismo tengo mis vicios y unas pocas “de virtudes”, pero no teman: de momento no los confesaré; Rafael no me paga lo suficiente.
La sexualidad es una constante; seguimos viendo en ella costumbres perniciosas o licenciosas. Y así, si nuestros administradores caen en el abominable vicio de la corrupción, esta brilla más si le acompaña alguno de los clásicos vicios asociados a la sexualidad.
Pongamos por caso a D. Carlos Mazón Guixot. ¿Hubiera mejorado su imagen pública si hubiera traspuesto sus apellidos? Nunca lo sabremos. El vicio de la pereza, en su mala gestión al no estar donde debiera en los momentos más dramáticos de la DANA, se adornó con el onírico vicio de la lujuria, o eso quedó para siempre en el inconsciente colectivo, término acuñado por el psicólogo Carl Jung, referido a esa parte del conocimiento ancestral fijo que todos compartimos.
Claro, las palabras Mazón y Ventorro —con erre arrastrada— conforman un matrimonio letal. En nuestra psique: un local con cadáveres de gambas por el suelo, ornamentos taurinos en las paredes —cabezas de toro, muletillas, banderillas—, risas, tintineo de jarras de cerveza y unos comensales dando rienda suelta a las más viciosas piruetas en su aparcamiento.
Si los medios de comunicación, en lugar de reflejar el relato “Mazón con la periodista ‘fulanita de tal’”, dieran rienda suelta a sus perversiones sexuales y alcohólicas en el Ventorro —erre arrastrada—, mientras fallecían a cientos por las calles de la comunidad, hubieran relatado que el Sr. Guixot ultimaba gestiones administrativas con el escritor —pongamos por caso— Sr. “de la Fuente”, en el café-tertulia Los Siete Gavilanes, otro gallo le hubiera cantado.
El daño colateral al Ventorro, con erre arrastrada, es definitivo, a no ser que los dueños den con una idea creativa, como la de diseñar un parque temático sobre la corrupción y el desenfreno sexual y gastronómico en lo que fue el antiguo Ventorro; eso sí, sin cambiarle el nombre: “El Ventorro”, con la erre arrastrada.
Esta semana ha comenzado el juicio llamado de las mascarillas: “queridas”, “prostitutas” y “amigas”. ¿Qué podría salir mal? Él, feminista por socialista, y ellas molan cantidad. Sobres, nepotismo en el seno de la administración pública… Al menos una de las “amigas” trató de formarse intelectualmente sobre trenes visitando la biblioteca pública. ¿No es entrañable?
Es un proceso de gran interés, ya que combina vicios varios, con el vicio de la lujuria nuevamente sobrevolándolo. Al espectador no le falta de nada: un ministro con queridas —lo escribo y me parece volver a los carpetovetónicos Episodios Nacionales de Pérez Galdós—, aizkolaris, hermanos de los aizkolaris, sobres voladores y taxis, como aquel tan ecléctico de Guillermo Montesinos en la película “Mujeres al borde de un ataque de nervios”.
Ha habido otros episodios negros de la administración sanchista, más sangrantes, como la autoamnistía de Puigdemont; pero, a menos que nuestra “Lou Grant” patria, Ketty Garat, nos revele relaciones lujuriosas entre Cerdán y Puigdemont en su refugio de Waterloo, quedarán a años luz de la trama de las mascarillas. Incluso en la de los hidrocarburos, esa trama en la que dicen los expertos que se han distraído carretillas de dinero público, no tiene la aureola de la corrupción adobada por el vicioso pecado de la lujuria.
Si quisiéramos realizar una película sobre el juicio de las mascarillas, conectada con las colocaciones a dedo de las amigas de Ábalos en ADIF, sería una tragicomedia. Acabaría con unas imágenes desoladoras aéreas de los trenes accidentados en Adamuz, como en la película “La vaquilla”, donde la vaquilla queda moribunda en tierra de nadie y, ya acabada la disputa por la res, la copla final con el cadáver de la vaquilla en el desierto patrio.
Pero el actual ministro del ramo, el señor Óscar Puente, no visitó el Ventorro —con erre arrastrada—, no sale de X y se defiende como gato panza arriba en ruedas de prensa y comparecencias en parlamentos y senados. No se le conocen queridas. Heredó un ministerio abocado a divorciar a los trenes de sus viajeros y no lo ha resuelto. Si se confirman las hipótesis de la Guardia Civil, que dicen que el accidente de Adamuz se debe a fallos en la vía y que se sabían desde el día anterior, habremos dado con un ministro mentiroso, responsable de esa mala conservación, pero absuelto, de momento, del definitivo vicio de la lujuria.