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La comunidad

viernes 24 de mayo de 2019, 12:12h

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Dicen que no se puede extrapolar el resultado de unas elecciones generales al previsible en una municipales. Sin embargo, cada día estoy más convencido de que todas los procesos electorales se dopan con argumentos que nada tienen que ver con el momento y el escenario. En unas elecciones municipales ya intervienen posiciones ideológicas que nada tienen que ver con la esencia del gobierno de un pueblo o una ciudad, y así vemos que algunos candidatos a la alcaldía de su pueblo o ciudad parece que se presentaran a la presidencia de todo un continente.

Los mismos que se quejan de la duplicidad de administraciones son los que quieren para su pueblo las concejalías de la Mujer, del Niño, del Abuelo, del Trabajador, del Parado... Ellos saben que ya hay un ministerio, una consejería y un área en la diputación que son una réplica de la misma materia en las distintas administraciones, pero también hay que hacer una concejalía en el ayuntamiento y contribuir a la dispersión. En el fondo, se trata de aspiraciones de pretenciosos “estadistas” que centran sus ambiciones en la senda melancólica del estorbo y la ocurrencia inútil.

Gobernar una comunidad de vecinos siempre es complejo, y se complica más en función del número de viviendas y los servicios que hay que mantener.

El problema se acrecienta cuando queremos introducir criterios que sobrepasan las posibilidades de los propietarios e inquilinos. No tienen ya bastante los vecinos con mantener en buen estado de las zonas comunes con la limpieza del recinto, factura de la luz, reparaciones del ascensor… y ahora viene un candidato a la presidencia de la comunidad de vecinos con la idea de adquirir los terrenos colindantes para hacer una piscina olímpica, una biblioteca, un cine de verano… y que la vivienda que tiene Mari Loli, la del 5º H, y que sólo utiliza cuando viene de vacaciones, sea utilizada para albergar a unas familias simpatizantes de la presidencia y que precisan de una “solución habitacional”. Evidentemente, todas estas medidas se adoptan con cargo a la comunidad que habrá de pagar equitativamente; salvo los vecinos de los áticos que, además, tienen coches con más de 200 CV en las plazas de garaje. A estos vecinos, considerados de ideología contraria a la de la presidencia de la Comunidad, se les aplicará un suplemento especial en concepto de “tasa solidaria”.

Evidentemente, esta comunidad de vecinos en unos pocos meses estará comía de mugre, no funcionará el ascensor, la piscina (la que sirvió para que el presidente ganara las elecciones) estará criando ranas y verdín… y Mari Loli vendrá de vacaciones desde Alemania para emprender acciones judiciales y recuperar su vivienda a la que, por cierto, ya le cortaron la electricidad y mantiene un enganche ilegal con la luz de la escalera que, a duras penas, paga la comunidad.

Está de moda la impregnación de ideología en cualquier acción política. Ya sea para las generales o para las municipales, en un pueblo de 500 habitantes la ideología aderezada de pretensiones inasumibles es una constante. Ahora, con la dispersión de las derechas y las izquierdas, entra en funcionamiento el miedo infundido en la población por los posibles pactos; pactos que tanto sirven para la derecha como para la izquierda, pero siempre es la izquierda quien infunde el miedo, a pesar de que hay pactos de izquierda que han resultado enormemente destructivos, vergonzantes y calamitosos.

Los pactos son deseables para poder construir con buen criterio, pero se convierten en un tormento cuando entran en juego los egos personales, las venganzas y la ideología sectaria y excluyente. Sin duda, encontrar un consenso que redunde en el beneficio de la colectividad sería la mejor opción, pero estas soluciones normalmente se condicionan o abortan por el sectarismo de los dirigentes que anteponen sus intereses partidistas al beneficio de la comunidad.

Ahora tenemos el reto de elegir al presidente de esta comunidad de vecinos que es nuestro pueblo o ciudad. La elección tendrá repercusiones en el día a día de nuestra vida cotidiana. La elección se puede fiar a ciegas a unas siglas de partido o ideología, sin antes conocer bien y haber comprobado la capacidad del candidato y el equipo que encabeza para desarrollar una buena gestión o, por el contrario, un desastre. Y de ambas alternativas ya tenemos conocimiento y experiencia.