La polítican puede hacernos creer que se puede soplar y sorber a la vez, hemos tenido un ejemplo en la Subdelegación del Gobierno en Almería, donde agricultores, convocados por ASAJA y COAG, han vuelto a recordar que el campo no es un decorado de postal, sino un motor económico que se gripa cuando le echan arena en el motor. La arena, esta vez, tiene nombre de tratado transatlántico: Mercosur.
Lo curioso del caso no es la protesta —lícita y previsible—, sino el desdoblamiento de personalidad que sufre el Partido Popular. Por un lado, escuchamos al consejero de Agricultura, el almeriense Ramón Fernández-Pacheco, decir que está "radicalmente en contra" del acuerdo en sus términos actuales. Una firmeza que se contagia a los representantes locales: allí estaban el concejal de Agricultura de la capital, Antonio Urdiales; el alcalde de Níjar, José Francisco Garrido; o el concejal de El Ejido, Manuel Martínez, todos poniendo cara de indignación ante las cámaras mientras señalaban a Madrid y Bruselas.
Sin embargo, cuando la luz de los focos locales se apaga y se enciende la de la Eurocámara, el guion cambia. El Partido Popular en el Parlamento Europeo ha defendido la "oportunidad" del acuerdo y, en la práctica, ha votado junto al PSOE en contra de frenar su tramitación o enviarlo a un examen jurídico riguroso ante el TJUE. Es una suerte de "sí, pero no", o mejor dicho, un "sí en Bruselas para que las multinacionales sonrían, pero un no en Almería para que el agricultor no se enfade".
En medio de este jaleo escuchamos a Carmen Crespo. La eurodiputada almeriense, que conoce los pasillos de la agricultura como pocos, fía la suerte del sector a las llamadas cláusulas de salvaguarda. Suenan bien, casi heroicas, como un escudo protector frente a la competencia desleal. Pero la realidad es más terca. Andrés Góngora, secretario provincial de COAG, ya ha advertido de que estas cláusulas carecen de validez jurídica si no están integradas en el núcleo duro del tratado. Son, en esencia, promesas escritas con tinta simpática.
La desconfianza está más que justificada. Adoración Blanque, presidenta de ASAJA Almería, lo resume con la lucidez de quien ya ha visto esta película: tenemos cláusulas similares en el tratado con Marruecos y nadie sabe a ciencia cierta si se cumplen. Confiar en la "salvaguarda" de Mercosur es como dejar la puerta de casa abierta de par en par confiando en que el viento no dejará entrar el polvo.
El Gobierno de España, bajo el mando del PSOE, ha optado por la técnica del avestruz. Se mantienen de perfil, votan a favor en Europa y callan en casa, esperando que el chaparrón pase sin que nadie les pregunte por qué consideran "estratégico" un acuerdo que amenaza con convertir la soberanía alimentaria en un recuerdo romántico. Mientras tanto, la extrema derecha y la extrema izquierda coinciden —caprichos de la herradura política— en un rechazo frontal, por razones iguales y diferentes. Entre ambas posturas, las de los sies y las de los noes, hay una distancia marcada por el hecho de unos tienen responsabilidades de gobierno o aspiran a tenerlas, y los otros no las tienen y pueden prometer lo que les de la gana.
El agricultor almeriense le queda la sensación de que es la moneda de cambio en un tablero donde se canjean tomates por coches o soja por servicios. La pregunta queda en el aire: ¿De qué sirve que nuestros políticos locales se desgañiten frente a la Subdelegación si sus jefes en Bruselas firman la sentencia con una sonrisa?